¡El tiempo!… reloj gigante que marca los latidos de mi cuerpo
Fluir constante que arrastra, que envejece, que me mueve
Percibo su ritmo lento con la angustia de la espera
Y casi no lo registro cuando me embarga la risa…
O cuando su andar tan de prisa se me hace prisa en el vientre
El tiempo!... inquietud de manecillas que se mecen en goteo
Sensaciones que me envuelven, recuerdos que me golpean
Se va gastando en palabras dichas de cualquier manera
Y se queda en el diafragma apresado por el miedo
Como fantasma que viaja por el mundo de los sueños
Voy cayendo en su cadencia, voy ligándome a su suerte
¡El tiempo! ¿no es acaso la vida que va aguardando la muerte?
¿Qué es el tiempo?
Partiremos de la premisa de que la realidad es percepción, por lo que, existencia y percepción son inseparables: todo lo que existe es percibido por alguien y todo lo percibido existe. A su vez la capacidad y modalidad perceptiva es diferente para cada época, cultura y hasta para cada individuo.
Por tanto, ante la pregunta ¿qué es el tiempo?, nuestra primera hipótesis será que el tiempo es parte de la realidad percibida o, lo que es lo mismo, el tiempo no existe fuera de la percepción.
La percepción del tiempo estará determinada por las variables antes mencionadas, esto es, las diferencias culturales e individuales.
Así la percepción del tiempo no sería la misma en la época de las cavernas, en la antigüedad, en la edad media o en la época actual. Tampoco el tiempo habría sido percibido de igual manera por los europeos que por los aborígenes de América previo a su descubrimiento.
Lo que antecede explicaría entonces que el tiempo como entidad existe por la percepción en todos los períodos de la humanidad pero de diferente manera.
Tenemos así un tiempo lineal -pasado, presente y futuro- y un tiempo cíclico o circular -sin el rasgo de unidireccionalidad de pasado a futuro, sino de bidireccionalidad. El futuro puede estar atrás y el pasado adelante o viceversa- (percibido tanto en las culturas precolombinas como en el hinduismo y budismo, por ejemplo).
Distinguiremos también el tiempo profano del tiempo sagrado. Vivir en el tiempo sagrado es vivir en otra dimensión distinta de la mera duración profana (vivido por el homo religiosus).
El tiempo sagrado nos revela una característica del tiempo: su heterogeneidad. El tiempo no es homogéneo, sino que se pueden producir “cortes” e introducir tiempos esencialmente distintos al mero transcurrir… Es un paréntesis en el que el tiempo se percibe como distinto, marcado por un propósito trascendental. Así en las ceremonias religiosas el tiempo se dilata y el hombre siente una conexión especial con lo divino.
Los diferentes relatos de experiencias místicas a lo largo de la historia revelan el contacto con un “presente eterno” o lo que es lo mismo “una detención” del tiempo cronológico. Ese éxtasis supone una regresión al origen y una fusión con la fuente cósmica -el conocedor y lo conocido son una y la misma cosa y la relación sujeto-objeto se disuelve en ese conocimiento unitario-. El ser ahí se funde y confunde con el Ser Universal. En ese estado hay una supresión de la palabra y del tiempo. Quedan abolidos el antes y el después, reemplazados por un presente eterno.
Esto nos da cuenta de que el tiempo cronológico no es otra cosa que la percepción disociada de una unidad que habitualmente no podemos aprehender directamente.
La distinción entre tiempo profano y tiempo sagrado puede ser ligada a la diferenciación entre Kronos y Kairós.
Kronos se refiere a una medida cuantitativa, ¿cuánto duró?, ¿hace cuánto tiempo? Pero el tiempo posee también un aspecto cualitativo -en griego, kairós-. Así cada momento o período de tiempo (una hora, un segundo o una década) tiene una cierta calidad, que sólo deja manifestar aquellos hechos que sean adecuados a esa calidad.
Nuestra idea actual del tiempo está penetrada por la idea de espacialidad, lo que comporta que consideremos el tiempo como algo externo, ajeno a nosotros, homogéneo, fraccionado racionalmente en segundos, minutos, horas… Es así una entidad objetiva, matemática y numéricamente divisible. Todas características que corresponden a Kronos.
Kairós, en cambio, puede ser considerado el momento adecuado, el tiempo en potencial, la mejor oportunidad para actuar o para la realización de algo. Un acontecimiento sólo puede ocurrir si la calidad del tiempo lo permite. Así en la antigüedad se le daba mucha importancia a emprender ciertas acciones en la “hora justa”, porque se sabía que cada empresa se desarrolla según la calidad del tiempo reinante en su comienzo.
Podemos inferir entonces que, tanto el nacimiento como la muerte están más ligados a Kairós que a Kronos, ya que son momentos en el que el tiempo adquiere una valoración única y especial. Lo cuantificable (el reloj) deja paso a lo cualitativo del comienzo y final de una vida.
Y aquí nuestra siguiente inquietud ¿qué es el tiempo para la vida? Es evidente que no existe vida sin tiempo y que el inicio de la vida coincidiría con el inicio del tiempo para ese ser.
Y como todo lo que tiene vida pulsa, habrá seguramente una relación entre ese movimiento pulsátil y la percepción del tiempo.
La pulsación supone contracción, expansión y movimiento y el modo particular de pulsar de cada sujeto determinará el modo particular de percibir el tiempo. Las diferencias con el resto serán sutiles pero lo suficiente como para poder hablar de un “tiempo subjetivo”.
Del mismo modo, aún para un mismo individuo, habrá diferencias de acuerdo a las vivencias que esté atravesando (angustia, placer, inquietud, etc.), porque ello supone cambios -aunque sean mínimos- en su modo de pulsar.
La pulsación de todo lo vital -desde los astros hasta los virus- hace pensar que el tiempo no sea el mismo para un planeta, una mariposa, un árbol o un ser humano. El tiempo es, por lo tanto, relativo.
La teoría de la relatividad de Albert Einstein mostró que el tiempo no es una constante universal, sino una entidad relativa que depende del observador. Según esta teoría, el tiempo puede dilatarse o contraerse en función de la velocidad y la gravedad, lo que significa que dos observadores pueden percibir el paso del tiempo de manera diferente.
En la actualidad y desde la física cuántica existe una teoría que sostiene que el tiempo es una creación de la mente, coincidiendo con lo que diversas tradiciones filosóficas han mantenido por milenios.
Por su lado, el principio de sincronicidad presentado por Carl Jung en su libro “La sincronicidad como un principio de conexión acausal” expresa que la energía psíquica se comporta como si el espacio y el tiempo no tuvieran sino una validez relativa. De dicho principio se desprende una concepción unitaria de la naturaleza que termina por suprimir el problema de la brecha existente entre observador-observado.
El desarrollo del concepto de sincronicidad surge a partir de la colaboración entre Carl Gustav Jung y Wolfgang Pauli, un premio Nobel de física y uno de los padres de la mecánica cuántica. Es por tanto un concepto en el que confluyen planteamientos de la física y la psicología.
Hasta aquí una breve reseña buscando inquietar al lector e instarlo a profundizar sobre el tema.
¿Qué es el tiempo? ¿Cuál es naturaleza? ¿Cómo asirlo?
Misterio y fascinación, ilusión y engaño… la paradoja del tiempo ha sido reflejada en infinidad de escritos y filmes de ficción seguramente porque su imposibilidad de asirlo lo hace por demás atractivo.
Junto a su enigma transitamos la vida… Y si la vida es sueño, si sólo el nacimiento y la muerte existen como hechos, tal vez el tiempo no sea más que el compañero de un viaje ilusorio del alma.