Mundos Paralelos

Vivimos rodeados de mundos paralelos, y lo que consideramos nuestro mundo no es más que el encuentro de pequeñas partículas de cada uno de esos mundos.


Cada uno de nosotros genera al nacer una realidad única y personal que mantendrá vigente hasta su muerte. El lugar que el nuevo cuerpo ocupa al nacer produce a su alrededor un movimiento espiralado capaz de ir recreando las condiciones energéticas presentes en su origen. 

Cada ser humano es un espacio cerrado que va cerrando a su paso todo lo que percibe. Así, el “afuera” va impregnándose del “adentro” para gestar diariamente, hora a hora, minuto a minuto, su “mundo”.

El desarrollo evolutivo ofrecerá al sujeto nuevos contenidos a ser percibidos e interpretados desde esa frecuencia energética, que se mantendrá inalterada durante toda la vida. De este modo, la interacción con las condiciones externas por parte de ese campo autocontenido será la generadora de la realidad de ese sujeto a cada momento.

Ahora bien, ¿en qué se asemeja esa realidad a la de otro hombre? Lo único similar es el mecanismo, el modo en que el proceso se lleva a cabo. Todos y cada uno de nosotros vamos formateando el espacio exterior a través de un movimiento envolvente, le adherimos nuestra frecuencia, subjetivamos los contenidos, armamos el mundo. 

La similitud de lo percibido por los pequeños seres encerrados en frecuencias únicas la da sólo el pequeño contacto de partículas que escapan de tanto en tanto y se entrelazan con partículas de otras frecuencias. Eso haría que podamos mantener un diálogo capaz de hacernos creer que quien está a nuestro lado percibe lo mismo que nosotros. 

La ilusión de un mundo común no es más que eso: una ilusión. Tal es el descubrimiento, no desde la ciencia objetiva (que desde este punto de vista es también una ilusión), sino desde la corroboración subjetiva compartida por una proporción importante de seres humanos.

Esa corroboración haría resurgir la teoría de “mundos paralelos”, los cuales serían millones y —aunque en apariencias cercanos— estarían a años luz de nuestro mundo individual, aunque de tanto en tanto intercambiemos con ellos pequeñas partículas que nos permiten llegar a conclusiones como éstas.  

Una mirada diferente sobre la ansiedad y el ataque de pánico



La vida y la muerte son las dos caras de la existencia, tan sólo separadas por nuestra percepción en el tiempo. Debido a esta separación temporal, la muerte se percibe como antítesis de la vida, y por ende no nos encontramos con ella hasta el momento en que se nos impone y acaba con nuestro cuerpo. En otras palabras, vida y muerte están coexistiendo permanentemente a nuestro lado; somos nosotros quienes –por una percepción del tiempo secuenciada– las registramos separadas.
Así como vida-muerte, existen otros pares de opuestos, tales como pasado-futuro, consciente-inconsciente, manifiesto-reprimido, distanciados por nuestra percepción temporal. En estos pares de opuestos, uno de los miembros parece estar fuera del alcance perceptivo, fuera de la realidad cotidiana (esto es, muerte, futuro, inconsciente, reprimido).
Actualmente y en forma paulatina, estos extremos van acortando sus distancias, y por tal motivo vamos acercándonos a la posibilidad de hacer visible lo invisible. Los cambios energéticos parecen brindarnos las condiciones para ingresar perceptivamente a la polaridad oculta.

Por otra parte, sabemos que la realidad está ligada inexorablemente a quien percibe: no existe aquello que no es percibido por nadie, y lo existente sólo existe para quien lo percibe. La percepción, a su vez, depende de la sensibilidad de quién percibe. Los animales, por ejemplo, responden con conductas de alerta frente a la inminencia de fenómenos naturales que los humanos no registramos (por ej. la proximidad de una catástrofe). Una madre puede percibir el peligro para su cría antes que el resto de sus congéneres, para quienes su inquietud parece injustificada. La mayoría de los niños percibe las intenciones de los adultos mucho antes de que sean puestas en palabras o hechos, pudiendo reconocer la mentira.
La Real Academia Española define la realidad como la existencia real y efectiva de algo. La realidad es lo real, es todo lo que posea cualidades y características que lo hagan existir. "Esto es real" equivale a señalar que algo está ahí. ¿Pero qué significa estar ahí? Si estar ahí significa ser percibido por alguien, la pregunta que surge es: ¿sólo será real lo que entre en el espectro de lo percibido por la mayoría?

Una de las particularidades del ataque de pánico y la ansiedad generalizada es que sus reacciones psicofísicas son consideradas “normales” en caso de que exista un peligro real. Esto es, el aumento de la frecuencia cardíaca, la palidez, la sudoración, el temblor o estremecimiento, al igual que la tensión muscular o la hiperactividad, constituyen una respuesta adaptativa ante un peligro real. El organismo se prepara para la acción: huida o ataque. Pero ¿cómo sabemos que quien sufre una crisis de ansiedad no está frente a un peligro real? Si precisamente otra característica de las personas que acusan estos síntomas es el hecho de sentir un miedo intenso a morir o a perder el control de sus vidas, podríamos sospechar que quienes se encuentran agobiados por este temor "irracional" perciben algo distinto al resto de quienes están a su lado; ¿y por qué no incluir la posibilidad de que estén percibiendo el polo oculto de la polaridad vida-muerte? Si sus reacciones psico-corporales serían normales frente a un peligro real y manifiestan temor a morir, ¿por qué no considerar que estén percibiendo la muerte?
¿A qué llamamos peligro real?  ¿No es la muerte un peligro real para el cuerpo? Si en estado de ansiedad nuestro organismo dispara un sinfín de reacciones defensivas en forma desenfrenada, ¿no es más lógico pensar que algo hasta entonces imperceptible se nos está manifestando, antes que atribuir tremenda sintomatología a un desperfecto del sistema nervioso?
Desde nuestra comprensión biofuncional, sostenemos que estaríamos siendo impelidos a desplazar la percepción para encontrarnos con gran parte de los contenidos inconscientes, con los aspectos negados más profundos, con nuestra "sombra" en términos junguianos; es por esto que la percepción de nuestra muerte sería posible.
Que la ansiedad exacerbada sea causada por vivencias extremas, pérdidas importantes o estados de estrés, no invalida la hipótesis. Si el sistema defensivo es exigido, puede colapsar, creando así las condiciones para un desplazamiento perceptivo capaz de enfrentar al sujeto con sus aspectos más profundos e inconscientes; tal es el caso de la muerte como polo oculto.
Concluyendo, consideramos la posibilidad de que, frente a los cambios ambientales, la percepción se esté ampliando de tal forma que accedan a la conciencia los aspectos reprimidos. Esta realidad, más visible para algunos, va generando una nueva conciencia de existencia, va permitiendo el ingreso paulatino a un mundo diferente, más amplio –menos polarizado–, más incluyente –menos discriminado–. Está en nosotros ir aceptándola como un nuevo contexto desde donde leer y comprender lo que, como especie, nos sucede.

















Reflexiones sobre la Orgonomía actual

La Orgonomía, al igual que todo, sufrió la embestida del tiempo. Poco sabemos del tiempo, de su naturaleza y de lo que representa exactamente, pero al menos conocemos las consecuencias de su manifestación. 
Podríamos sintetizar diciendo que el tiempo nos permite metabolizar acontecimientos, situaciones que en un primer momento, frente a su irrupción, nos conmueven. "El tiempo todo lo cura", "nos damos tiempo" para aceptar experiencias dolorosas y hasta para tolerar las buenas. El tiempo nos da perspectiva, nos asienta y nos enfría.
Este proceso opera tanto en lo individual como en lo social, en lo personal como en lo institucional; de tal forma, lo desconocido logra transformarse en conocido. En términos generales, todo organismo sorprendido por lo "extraño" se perturba, desestabiliza y sintiendo ese contacto como amenaza, alerta su sistema defensivo.
Lo nuevo -llámese virus, idea, insight, descubrimiento, etc- "cimbronea" lo establecido durante un tiempo relativamente corto hasta ser metabolizado, de tal suerte que ambos quedan transformados. Este mecanismo natural opera en todos los ámbitos y es el vehículo de la evolución.
En una dialéctica constante vamos absorbiendo lo nuevo transformándolo y transformándonos. Por este motivo se nos hace difícil, pasado cierto tiempo, diferenciar las partes intervinientes. ¿Dónde queda la enfermedad una vez curada? ¿Cómo diferencio el conocimiento adquirido de lo que soy?

Ahora bien, ¿qué pasó con la Orgonomía? ¿Dónde quedaron los descubrimientos reichianos? ¿Y la intención profunda que los asistía?
Es evidente que el sistema cultural progresa por esa absorción transformadora, como también está claro que Reich fue un elemento perturbador para su época. Lo demuestran sus cambios de residencia permanentes y la persecución de sus últimos años. Pero ¿por qué hoy ya no es una amenaza? ¿Por qué se estudian sus libros con tanta liviandad, sin producir aquel revuelo? ¿Por qué el mismo contenido que hizo temblar en las décadas de los 60 y 70 hoy es uno más entre tantos? 
Cual monstruo hambriento, la cultura logró robarle al mensaje su intención profunda, el sentimiento, lo esencial. De eso se alimenta -nos alimentamos- devolviendo al mundo contenidos vacíos. Ellos quedan deambulando a nuestro alrededor pero ya no son lo mismo. Visten su misma apariencia pero no poseen la energía vital inicial.
Reich hace alusión a este mecanismo mostrando cómo una verdad puede transformarse en mentira al perder su movimiento. Porque la verdad no es un contenido sino una función, como bien queda expresado en "El significado bioenergético de la verdad" en su libro "El asesinato de Cristo". Como función natural, "la verdad es una parte integral del organismo y depende de la integridad...", del movimiento y la libertad vegetativa. Por este motivo un contenido pierde su verdad al perder espontaneidad.
Así, "la verdad reichiana", intolerable en un primer momento para el cuerpo, ya fue seguramente metabolizada y transformada en "mentira" a través de infinitas repeticiones descargadas. Lo substancial del mensaje, su esencia, ya fue absorbida y asimilada, no pudiendo aislarse del organismo humano; éste ya logró incorporarla, de tal modo que no podemos diferenciarla de la totalidad en que ambos -organismo y verdad- fueron modificados. El contenido del mensaje, en cambio, vacío, librado al azar y despojado de profundidad, vaga en escritos por el mundo...
Entonces puede verse claramente cómo "aquello" y "esto" no son lo mismo, poseen la misma vestimenta, provienen de la misma fuente pero la energía que alimentaba "aquello" fue incorporada a través del tiempo, y "esto" es tan solo el residuo.

La verdad reichiana, cual alimento, ya forma parte de nuestro ser, ya la poseemos de algún modo, es nuestra, aun sin conocerla con palabras... Las premisas fundamentales de la Orgonomía residen en las células de las nuevas generaciones, que fueron transformadas y transformadoras, y que desde el interior de cada ser plasman día a día un nuevo mundo. 

La tarea de vivir

Nacemos en un cuerpo y con vida. Por lo que cuerpo y vida no son la misma cosa. Y esto es así ya que un cuerpo, vivo o muerto, sigue siendo un cuerpo. La vida, en cambio, es el misterio que mueve al cuerpo.
Esto que parece tan obvio, lo olvidamos cuando buscamos la salud a través de observaciones parciales y tratamientos mecánicos; cuando, en la tentativa por restablecer el equilibrio, fijamos la atención en la materia que conforma al cuerpo.
Entonces confundimos las cosas de tal modo, que perdemos de vista que, aunque renovásemos todas las células y restaurásemos todos los órganos, éstos no funcionarían si la vida no los asistiera.

La medicina actual sigue los preceptos de nuestra percepción alienada en la materia, por lo que no podemos culpar a una disciplina que, en última instancia, refleja nuestra concepción del mundo.
Así como confundimos la vida con el cuerpo, confundimos también lo esencial con lo superficial, lo real con lo simbólico, lo verdadero con lo falso. Nuestra identidad queda entonces, basada en premisas temporarias, en valores transitorios y criterios efímeros. Podríamos decir que hemos perdido el alma.
Dándole una importancia desmedida a la materia, vamos fijando el movimiento en "tomas" esporádicas y tal como una cámara de fotos, grabamos situaciones precisas y congeladas. 
La ventaja de este mecanismo parece estar en dejar fuera de nuestra percepción todo aquello que nos estorba, nos disgusta y nos produce rechazo: todo lo que no soy "yo". En otras palabras, la búsqueda que subyace a esta maniobra de selección es permitirnos una "vida feliz", entendiendo por tal, una vida que me deje hacer lo que yo quiera. Fijada la atención en la materia, en lo quieto, en el mecanismo y en lo concreto, esa aspiración no parece tan loca ni imposible; pero lo es. 
En nuestra disociación entre lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo vamos perdiendo el contacto con la unidad que rige la vida. Nuestra "vida feliz" es el álbum de fotos que construimos a lo largo de los años, pero ¿quién confunde un puñado de fotos con el viaje que hicimos?

Si la energía antecede a la materia, el cuerpo es un instrumento movido por fuerzas desconocidas y como tal deberemos tratarlo. No desmereciendo sus necesidades, no desvalorizando su mediación para transitar el camino, no quitándole posibilidades de desarrollo; pero ubicándolo en el lugar que le corresponde.
La vida debiera lograr manifestarse a través de él, impregnarlo de movimiento, de sensaciones, expresando a través de cada célula su intención profunda. De esa manera podríamos contactar con nuestra esencia, con lo que somos más allá de la materia, con lo que traemos al nacer.
Para nuestro mundo materialista, esto representa mirar a través de los espacios que hay entre las cosas, para nuestra percepción alienada en los objetos, esto significa dejar de mirar lo concreto para mirar el vacío.
Nuestro cuerpo deja así de ser esa masa compacta y grosera para ser la condensación de años de desarrollo en el planeta, las infinitas partículas que siglo tras siglo fueron plasmadas en el barro.

¿Qué es la vida? No es el cuerpo. ¿Qué es el cuerpo? Es el espejo en donde representamos nuestra intención, es la vestimenta que debemos limpiar cotidianamente, purificándolo a través del contacto. Sólo de este modo habremos cumplido con la tarea de vivir. 

Sensación de inferioridad

La inferioridad es un sentimiento conocido por la mayoría de las personas. Para algunos es una constante que los tortura y agobia. Se sienten menos que los demás o lo que es lo mismo, sienten que los otros poseen algo que ellos no tienen. 
¿De dónde proviene ese sentimiento que los hace menos? 

Cuando nacemos nos separamos de la totalidad de la que formábamos parte; cuando nacemos nos convertimos en algo menos que aquello que nos contenía y junto a ello, perdemos la sensación de grandeza para sentirnos más pequeños. 
A medida que nuestro yo personal crece, vamos discriminándonos aún más de aquello que dejamos, de ese campo de energía que nos envuelve. Somos en esencia un ser grandioso y eterno pero nos reconocemos limitados y pequeños dentro de nuestro cuerpo material y frágil. 
Tenemos pues, una sensación doble: nos sentimos grandiosos y nos percibimos pequeños. La sensación de plenitud y poder nos envuelve, es nuestro origen y destino; pero a medida que vamos ganando identidad vamos perdiendo el contacto con aquello que fuimos y seremos. Somos en el presente yoes pequeños y fallidos, débiles e imperfectos, ¡somos menos!

En nuestro armado del mundo, en la necesidad de crear un contexto nos proyectamos hacia afuera. Proyectamos parte de nosotros mismos en los otros. Como seres duales, proyectamos sólo una parte: si proyectamos nuestra pequeñez nos sentimos grandes y fuertes, magníficos y poderosos; si proyectamos nuestra grandiosidad nos sentimos limitados y pobres. En el primer caso nos percibimos más que los demás, en el segundo, menos. 
Ninguna de las dos situaciones es real: no somos ni más ni menos que nadie. Somos todos iguales: grandiosos en esencia y pequeños en presencia. Compartimos la sensación de pequeñez que nos refiere la separación de la totalidad, el estado de precariedad por ser humanos, a la vez que nuestro origen transcendente. Esta sensación de inferioridad frente a la fuente de nuestra vida se transformará en sentimiento de inferioridad toda vez que proyectemos la vivencia de totalidad, toda vez que pongamos en el otro lo que por naturaleza nos pertenece. Nos sentiremos menos por no tolerar nuestra grandeza...

Retirar nuestras proyecciones del entorno es la tarea, volvernos a sentir duales, completos, contradictorios y profundos, perfectos por la grandiosidad que nos dio origen y pequeños frente a ese origen trascendente. Retirar nuestras proyecciones del mundo para ver a nuestro hermano como igual, ni más ni menos; para verlo tan dual como nosotros: efímeros y eternos.

Perder para seguir andando

La separación es una constante en nuestra vida y, aunque más de las veces no la registremos, está presente en la rutina cotidiana. En forma continua vamos cambiando, vamos dejando de ser para adquirir nuevos modos, nuevas células, nuevos tejidos. Nos desprendemos de los desechos orgánicos cada vez que vamos al baño y las mujeres, durante nuestra vida fértil, una vez al mes, perdemos nuestros óvulos en un proceso natural y necesario para la procreación. Nos encontramos y nos separamos con cada una de las personas que vemos a diario, con los objetos que tomamos y dejamos, con los pensamientos y sentimientos que tenemos a cada momento; continuamente estamos en contacto con el abandono y la pérdida.
Nuestra naturaleza está ligada a la separación desde el mismo momento en que nacemos separándonos de nuestra madre, de nuestro contexto originario. Y continuamos separándonos al crecer: desde pequeños vamos perdiendo desde el pecho materno hasta nuestros dientes de leche, desde la mamadera y el chupete hasta nuestros padres que van dejando de ser lo que fantaseábamos y, al llegar a la pubertad, perdemos nuestro cuerpo infantil para transformarnos en adultos.
En este contexto pérdida y muerte son sinónimos. Lo que perdemos muere en nosotros, deja de existir. Así, perdemos inocencia al adquirir conocimiento, perdemos el hambre cuando comemos, perdemos la sed cuando bebemos y nuestro sueño cuando dormimos. ¡Perdemos el tiempo cuando vivimos! 
Perder es una necesidad, es un mandato, es el único modo de seguir andando. No podríamos caminar si no tuviéramos algo para dejar atrás.

Siendo la pérdida una constante natural de nuestro mundo...¿por qué intentamos negarla permanentemente? ¿Qué es lo que nos impide aceptarla? 
Todos los procesos antes descriptos ocurren indefectiblemente...los percibamos o no. Pero todo aquello que suceda y no percibamos se hace inconsciente, todo aquello que vivimos sin el acompañamiento consciente va creando nuestra sombra y nos va generando algo pendiente.
Si no nos aceptamos perdedores, lo seremos de todos modos.

Entonces, vuelvo a preguntarme ¿qué es lo que nos imposibilita mirar de frente la realidad, aceptar lo inexorable?
Un cambio en el enfoque puede ayudarnos a comprender y tolerar nuestra propia naturaleza.

Cuando caminamos miramos hacia delante y, aunque vamos perdiendo el paisaje a cada paso, estamos entusiasmados con lo nuevo que vemos y sentimos. Vamos dejando atrás el camino deseosos de seguir caminando.
Nuestro recuerdo infantil nos acerca esa sensación de alegría y entusiasmo frente a las transformaciones y los cambios. Felices por descubrir nuevas cosas no sufrimos con lo que dejamos.
Entonces, me pregunto...¿Por qué no ver la vida como un largo camino y las pérdidas como lo necesario para seguir andando? ¿Por qué no hacer consciente -saber- que perder es la única posibilidad de seguir creciendo?

No hay nada nuevo en lo que digo, hombres de todos los tiempos nos mostraron ese modo de encarar la vida. Pero...¿cuándo estaremos dispuestos a tomarlo? ¿Cuándo podremos sentir que lo vivido no nos pertenece, que sólo fue un trecho que debemos dejar atrás?
La intención de este escrito es que por fin logremos ver la vida hacia adelante, mirar lo que viene para comprender que lo que dejamos ya no nos es necesario; que lo que perdemos es el desecho de lo vivido y que lo esencial quedará grabado en nuestro ser.
Si enfocamos la vida como un movimiento lo que dejamos atrás es la acción ya realizada, lo acabado. Si nos quedásemos allí, nos perderíamos a nosotros mismos, nos moriríamos con lo que dejamos. Y esto es así aún frente a la gran muerte, la muerte de nuestro cuerpo material. Nuestro cuerpo muere porque acabó su función, porque para el nuevo camino ya no lo necesitamos...Dejamos el cuerpo atrás para poder seguir andando...

El fin de la palabra

¿Cuál es la finalidad de la palabra? ¿Qué función cumple el lenguaje?
¿Estamos a las puertas de su muerte? ¿Es el fin de la palabra?
En este artículo pretendemos abarcar ambos sentidos: acercarnos al verbo en su profundo valor, a la vez que comprender sus manifiestas limitaciones en la actualidad.

La comunicación verbal ha sido y es el único modo de transmisión de conocimiento. Desde las vivencias personales hasta lo aprehendido intelectualmente sólo pueden ser compartidos a través de códigos verbales comunes. Estos códigos que surgieron a partir de la necesidad, siempre vigente de relacionarnos con nuestros congéneres, fueron creciendo y perfeccionándose hasta alcanzar la plenitud en el lenguaje escrito. La adquisición de la escritura representó así el hito capaz de darle a la palabra un lugar altamente simbólico.
Es a partir del lenguaje que el hombre adquiere capacidad de abstracción o lo que es lo mismo, su capacidad de abstracción se ve representada a través de la palabra. La visión del fenómeno como simultáneo, es más que significativa a la hora de comprender el salto evolutivo que significó la conquista del verbo.
Una sensación, un sentimiento son caracterizados a través del símbolo; más aún, son fusionados con él y en él. Es en esa metamorfosis -de flujo a plasma- que el ser humano logra su extensión en el mundo, su proyección en un otro, su verdadera realización y la certeza de su existencia. 
La alfabetización ha convalidado ampliamente el sentido trascendente del lenguaje, su potencial intrínseco de transmutación alquímica. Leer y escribir es ingresar a un nuevo mundo, al universo de la expresión, de la libertad y la memoria. No se es libre sin la posibilidad de expresarse y no puede recordarse lo que no fue plasmado en símbolos. 
Saber hablar, leer y escribir es ante todo saber pensar. Pensamiento y palabra son inseparables ya que sólo puede pensarse en términos simbólicos. No exageramos al decir que debemos al lenguaje la existencia del mundo. ¿Qué mundo poseen las bestias? No el mismo que nosotros, ya que la palabra ha ido convalidando la existencia de todas las cosas en un nivel abstracto, lo que ha permitido que podamos imaginarlas. Imaginar es un prodigio puramente humano y alude a la posibilidad de recrear los hechos y protagonistas en su ausencia. 

Pretendo llevar al lector de esta nota a “imaginar” el comienzo de la comunicación verbal. A sentir a aquel hombre que, con los primeros sonidos onomatopéyicos, fue capaz de transmitir y compartir una realidad hasta entonces solitaria. No cabe duda que la convalidación de un fenómeno es buscada y realizada en un “otro” que acompañe nuestra experiencia. Y para ello es necesario expresar, representar y significar lo que percibimos. La sociedad humana ha crecido dentro de esa percepción común, a partir de esos acuerdos perceptivos. Las certezas sobre las que basamos nuestro mundo cotidiano no son sino, el fruto de la convalidación perceptiva de generación tras generación a través de la palabra sentida.
Pero ¿Qué es la palabra sentida? ¿Se sienten las palabras?
Quiero poner aquí el énfasis en la importancia del lenguaje como representante de “lo que quiere ser expresado” y, en última instancia de “quien se expresa”. La palabra es el instrumento a través del cual es posible manifestarse, a través del cual el sujeto declara su compromiso, sentimiento, aceptación, desacuerdo acerca de algo. 
El símbolo es la voz del “sentir humano”, es la herramienta capaz de hacer explícito lo implícito, visible lo invisible. El lenguaje es un medio de expresión y por tanto, “siempre” es acompañado por la intención de quien lo utiliza. 

En su origen el verbo tuvo cualidad formativa, de tal modo que el mundo simbólico en el que vivimos fue creado por el poder de la palabra. Vocablo y realidad poseen así la misma fuente, se alimentan de la intención creadora original, aquella cuya fuerza logra hacer manifiesto lo latente. 
La evolución del lenguaje ha seguido seguramente, la misma evolución del hombre. Así, desde aquella intención originaria hasta nuestros días ha habido cambios substanciales, importantes y en alguna medida degradantes.
Mitos y leyendas nos recuerdan que el verbo era potestad de los dioses y que fueron ellos quienes nos enseñaron a hablar. Para el hombre de entonces las palabras tenían poder, tanto para sanar y fortalecer como para herir y enfermar; poseían la potencia de transformar, de modificar los acontecimientos. Su expresión era respetaba y temida por ser el detonante de la acción.
Desde aquella humanidad hasta nuestros días, la voz fue separándose progresivamente de la intención creadora originaria y cobrando significado propio. Aquella palabra como instrumento del ser humano en general fue mutando en herramienta individual, utilizada por quienes poseían la capacidad de moldear el flujo vital en sílabas, de dar vida simbólica a lo asimbólico. Este ha sido y sigue siéndolo mérito de quienes poseen el “don de la palabra”.
Lo innombrable sólo existe indiscriminadamente y al no poder ser abarcado tampoco puede ser comprendido. El término le da a la existencia asequibilidad, individuación y facultad transformadora.
Durante siglos la alfabetización estuvo al alcance de muy pocos y sólo estos pocos transitaban por las calles de un mundo completo. El resto permanecía en la ignorancia y en la inocencia de la cosa no dicha. Posteriormente la literatura fue creciendo y acercando al lector toda la riqueza del idioma. 
A nuestros días nos llega un lenguaje empobrecido debido a la falta de una clara intención por parte de quien se expresa. Como ámbito simbólico, la voz se ha independizado de tal modo, que sólo lleva impreso su valor comunicacional. El auge en las comunicaciones genera y necesita de esta locución descomprometida, de este enunciado superficial que deja fuera todo acompañamiento sentido. 
He aquí el comienzo del fin de la palabra. Abandonada por el locutor y el escucha, sólo posee sentido en sí misma, sin más energía que la que le brinda la estética y la lingüística. Es entonces cuando el hablar bien es parte del atuendo personal, del ornamento con que nos vestimos para impresionar al otro.
Lejos quedó el alcance profundo del modelo, de aquel verbo inicial que conmovía al universo, lejos también su valor vehicular a través del cual se expresaba lo sentido. La palabra ha quedado sola, desvalida, huérfana y próxima a su extinción. 
Un análisis más penetrante tal vez pueda mostrarnos que no posee la frecuencia de la época y que, por esto mismo, está siendo reemplazada por la imagen, cuya velocidad es acorde con nuestra urgencia. No dejamos por esto de lamentar tremenda pérdida.

El conocimiento humano posee etapas y en cada una de ellas, los instrumentos para asirlo van variando. La palabra: aquella brutal, vibrante, transformadora, enorme se nos fue hace tiempo, su heredera, aquella del compromiso íntegro, de la presencia fuerte, del sentimiento claro y la intención certera dejó paso a esta pequeñita y debilucha que nos acompaña en discursos vacíos y peroratas tristes…Ya no es creíble ni sentida, sólo representante de una sociedad decadente y perdida.