La tarea de vivir

Nacemos en un cuerpo y con vida. Por lo que cuerpo y vida no son la misma cosa. Y esto es así ya que un cuerpo, vivo o muerto, sigue siendo un cuerpo. La vida, en cambio, es el misterio que mueve al cuerpo.
Esto que parece tan obvio, lo olvidamos cuando buscamos la salud a través de observaciones parciales y tratamientos mecánicos; cuando, en la tentativa por restablecer el equilibrio, fijamos la atención en la materia que conforma al cuerpo.
Entonces confundimos las cosas de tal modo, que perdemos de vista que, aunque renovásemos todas las células y restaurásemos todos los órganos, éstos no funcionarían si la vida no los asistiera.

La medicina actual sigue los preceptos de nuestra percepción alienada en la materia, por lo que no podemos culpar a una disciplina que, en última instancia, refleja nuestra concepción del mundo.
Así como confundimos la vida con el cuerpo, confundimos también lo esencial con lo superficial, lo real con lo simbólico, lo verdadero con lo falso. Nuestra identidad queda entonces, basada en premisas temporarias, en valores transitorios y criterios efímeros. Podríamos decir que hemos perdido el alma.
Dándole una importancia desmedida a la materia, vamos fijando el movimiento en "tomas" esporádicas y tal como una cámara de fotos, grabamos situaciones precisas y congeladas. 
La ventaja de este mecanismo parece estar en dejar fuera de nuestra percepción todo aquello que nos estorba, nos disgusta y nos produce rechazo: todo lo que no soy "yo". En otras palabras, la búsqueda que subyace a esta maniobra de selección es permitirnos una "vida feliz", entendiendo por tal, una vida que me deje hacer lo que yo quiera. Fijada la atención en la materia, en lo quieto, en el mecanismo y en lo concreto, esa aspiración no parece tan loca ni imposible; pero lo es. 
En nuestra disociación entre lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo vamos perdiendo el contacto con la unidad que rige la vida. Nuestra "vida feliz" es el álbum de fotos que construimos a lo largo de los años, pero ¿quién confunde un puñado de fotos con el viaje que hicimos?

Si la energía antecede a la materia, el cuerpo es un instrumento movido por fuerzas desconocidas y como tal deberemos tratarlo. No desmereciendo sus necesidades, no desvalorizando su mediación para transitar el camino, no quitándole posibilidades de desarrollo; pero ubicándolo en el lugar que le corresponde.
La vida debiera lograr manifestarse a través de él, impregnarlo de movimiento, de sensaciones, expresando a través de cada célula su intención profunda. De esa manera podríamos contactar con nuestra esencia, con lo que somos más allá de la materia, con lo que traemos al nacer.
Para nuestro mundo materialista, esto representa mirar a través de los espacios que hay entre las cosas, para nuestra percepción alienada en los objetos, esto significa dejar de mirar lo concreto para mirar el vacío.
Nuestro cuerpo deja así de ser esa masa compacta y grosera para ser la condensación de años de desarrollo en el planeta, las infinitas partículas que siglo tras siglo fueron plasmadas en el barro.

¿Qué es la vida? No es el cuerpo. ¿Qué es el cuerpo? Es el espejo en donde representamos nuestra intención, es la vestimenta que debemos limpiar cotidianamente, purificándolo a través del contacto. Sólo de este modo habremos cumplido con la tarea de vivir. 

Sensación de inferioridad

La inferioridad es un sentimiento conocido por la mayoría de las personas. Para algunos es una constante que los tortura y agobia. Se sienten menos que los demás o lo que es lo mismo, sienten que los otros poseen algo que ellos no tienen. 
¿De dónde proviene ese sentimiento que los hace menos? 

Cuando nacemos nos separamos de la totalidad de la que formábamos parte; cuando nacemos nos convertimos en algo menos que aquello que nos contenía y junto a ello, perdemos la sensación de grandeza para sentirnos más pequeños. 
A medida que nuestro yo personal crece, vamos discriminándonos aún más de aquello que dejamos, de ese campo de energía que nos envuelve. Somos en esencia un ser grandioso y eterno pero nos reconocemos limitados y pequeños dentro de nuestro cuerpo material y frágil. 
Tenemos pues, una sensación doble: nos sentimos grandiosos y nos percibimos pequeños. La sensación de plenitud y poder nos envuelve, es nuestro origen y destino; pero a medida que vamos ganando identidad vamos perdiendo el contacto con aquello que fuimos y seremos. Somos en el presente yoes pequeños y fallidos, débiles e imperfectos, ¡somos menos!

En nuestro armado del mundo, en la necesidad de crear un contexto nos proyectamos hacia afuera. Proyectamos parte de nosotros mismos en los otros. Como seres duales, proyectamos sólo una parte: si proyectamos nuestra pequeñez nos sentimos grandes y fuertes, magníficos y poderosos; si proyectamos nuestra grandiosidad nos sentimos limitados y pobres. En el primer caso nos percibimos más que los demás, en el segundo, menos. 
Ninguna de las dos situaciones es real: no somos ni más ni menos que nadie. Somos todos iguales: grandiosos en esencia y pequeños en presencia. Compartimos la sensación de pequeñez que nos refiere la separación de la totalidad, el estado de precariedad por ser humanos, a la vez que nuestro origen transcendente. Esta sensación de inferioridad frente a la fuente de nuestra vida se transformará en sentimiento de inferioridad toda vez que proyectemos la vivencia de totalidad, toda vez que pongamos en el otro lo que por naturaleza nos pertenece. Nos sentiremos menos por no tolerar nuestra grandeza...

Retirar nuestras proyecciones del entorno es la tarea, volvernos a sentir duales, completos, contradictorios y profundos, perfectos por la grandiosidad que nos dio origen y pequeños frente a ese origen trascendente. Retirar nuestras proyecciones del mundo para ver a nuestro hermano como igual, ni más ni menos; para verlo tan dual como nosotros: efímeros y eternos.

Perder para seguir andando

La separación es una constante en nuestra vida y, aunque más de las veces no la registremos, está presente en la rutina cotidiana. En forma continua vamos cambiando, vamos dejando de ser para adquirir nuevos modos, nuevas células, nuevos tejidos. Nos desprendemos de los desechos orgánicos cada vez que vamos al baño y las mujeres, durante nuestra vida fértil, una vez al mes, perdemos nuestros óvulos en un proceso natural y necesario para la procreación. Nos encontramos y nos separamos con cada una de las personas que vemos a diario, con los objetos que tomamos y dejamos, con los pensamientos y sentimientos que tenemos a cada momento; continuamente estamos en contacto con el abandono y la pérdida.
Nuestra naturaleza está ligada a la separación desde el mismo momento en que nacemos separándonos de nuestra madre, de nuestro contexto originario. Y continuamos separándonos al crecer: desde pequeños vamos perdiendo desde el pecho materno hasta nuestros dientes de leche, desde la mamadera y el chupete hasta nuestros padres que van dejando de ser lo que fantaseábamos y, al llegar a la pubertad, perdemos nuestro cuerpo infantil para transformarnos en adultos.
En este contexto pérdida y muerte son sinónimos. Lo que perdemos muere en nosotros, deja de existir. Así, perdemos inocencia al adquirir conocimiento, perdemos el hambre cuando comemos, perdemos la sed cuando bebemos y nuestro sueño cuando dormimos. ¡Perdemos el tiempo cuando vivimos! 
Perder es una necesidad, es un mandato, es el único modo de seguir andando. No podríamos caminar si no tuviéramos algo para dejar atrás.

Siendo la pérdida una constante natural de nuestro mundo...¿por qué intentamos negarla permanentemente? ¿Qué es lo que nos impide aceptarla? 
Todos los procesos antes descriptos ocurren indefectiblemente...los percibamos o no. Pero todo aquello que suceda y no percibamos se hace inconsciente, todo aquello que vivimos sin el acompañamiento consciente va creando nuestra sombra y nos va generando algo pendiente.
Si no nos aceptamos perdedores, lo seremos de todos modos.

Entonces, vuelvo a preguntarme ¿qué es lo que nos imposibilita mirar de frente la realidad, aceptar lo inexorable?
Un cambio en el enfoque puede ayudarnos a comprender y tolerar nuestra propia naturaleza.

Cuando caminamos miramos hacia delante y, aunque vamos perdiendo el paisaje a cada paso, estamos entusiasmados con lo nuevo que vemos y sentimos. Vamos dejando atrás el camino deseosos de seguir caminando.
Nuestro recuerdo infantil nos acerca esa sensación de alegría y entusiasmo frente a las transformaciones y los cambios. Felices por descubrir nuevas cosas no sufrimos con lo que dejamos.
Entonces, me pregunto...¿Por qué no ver la vida como un largo camino y las pérdidas como lo necesario para seguir andando? ¿Por qué no hacer consciente -saber- que perder es la única posibilidad de seguir creciendo?

No hay nada nuevo en lo que digo, hombres de todos los tiempos nos mostraron ese modo de encarar la vida. Pero...¿cuándo estaremos dispuestos a tomarlo? ¿Cuándo podremos sentir que lo vivido no nos pertenece, que sólo fue un trecho que debemos dejar atrás?
La intención de este escrito es que por fin logremos ver la vida hacia adelante, mirar lo que viene para comprender que lo que dejamos ya no nos es necesario; que lo que perdemos es el desecho de lo vivido y que lo esencial quedará grabado en nuestro ser.
Si enfocamos la vida como un movimiento lo que dejamos atrás es la acción ya realizada, lo acabado. Si nos quedásemos allí, nos perderíamos a nosotros mismos, nos moriríamos con lo que dejamos. Y esto es así aún frente a la gran muerte, la muerte de nuestro cuerpo material. Nuestro cuerpo muere porque acabó su función, porque para el nuevo camino ya no lo necesitamos...Dejamos el cuerpo atrás para poder seguir andando...

El fin de la palabra

¿Cuál es la finalidad de la palabra? ¿Qué función cumple el lenguaje?
¿Estamos a las puertas de su muerte? ¿Es el fin de la palabra?
En este artículo pretendemos abarcar ambos sentidos: acercarnos al verbo en su profundo valor, a la vez que comprender sus manifiestas limitaciones en la actualidad.

La comunicación verbal ha sido y es el único modo de transmisión de conocimiento. Desde las vivencias personales hasta lo aprehendido intelectualmente sólo pueden ser compartidos a través de códigos verbales comunes. Estos códigos que surgieron a partir de la necesidad, siempre vigente de relacionarnos con nuestros congéneres, fueron creciendo y perfeccionándose hasta alcanzar la plenitud en el lenguaje escrito. La adquisición de la escritura representó así el hito capaz de darle a la palabra un lugar altamente simbólico.
Es a partir del lenguaje que el hombre adquiere capacidad de abstracción o lo que es lo mismo, su capacidad de abstracción se ve representada a través de la palabra. La visión del fenómeno como simultáneo, es más que significativa a la hora de comprender el salto evolutivo que significó la conquista del verbo.
Una sensación, un sentimiento son caracterizados a través del símbolo; más aún, son fusionados con él y en él. Es en esa metamorfosis -de flujo a plasma- que el ser humano logra su extensión en el mundo, su proyección en un otro, su verdadera realización y la certeza de su existencia. 
La alfabetización ha convalidado ampliamente el sentido trascendente del lenguaje, su potencial intrínseco de transmutación alquímica. Leer y escribir es ingresar a un nuevo mundo, al universo de la expresión, de la libertad y la memoria. No se es libre sin la posibilidad de expresarse y no puede recordarse lo que no fue plasmado en símbolos. 
Saber hablar, leer y escribir es ante todo saber pensar. Pensamiento y palabra son inseparables ya que sólo puede pensarse en términos simbólicos. No exageramos al decir que debemos al lenguaje la existencia del mundo. ¿Qué mundo poseen las bestias? No el mismo que nosotros, ya que la palabra ha ido convalidando la existencia de todas las cosas en un nivel abstracto, lo que ha permitido que podamos imaginarlas. Imaginar es un prodigio puramente humano y alude a la posibilidad de recrear los hechos y protagonistas en su ausencia. 

Pretendo llevar al lector de esta nota a “imaginar” el comienzo de la comunicación verbal. A sentir a aquel hombre que, con los primeros sonidos onomatopéyicos, fue capaz de transmitir y compartir una realidad hasta entonces solitaria. No cabe duda que la convalidación de un fenómeno es buscada y realizada en un “otro” que acompañe nuestra experiencia. Y para ello es necesario expresar, representar y significar lo que percibimos. La sociedad humana ha crecido dentro de esa percepción común, a partir de esos acuerdos perceptivos. Las certezas sobre las que basamos nuestro mundo cotidiano no son sino, el fruto de la convalidación perceptiva de generación tras generación a través de la palabra sentida.
Pero ¿Qué es la palabra sentida? ¿Se sienten las palabras?
Quiero poner aquí el énfasis en la importancia del lenguaje como representante de “lo que quiere ser expresado” y, en última instancia de “quien se expresa”. La palabra es el instrumento a través del cual es posible manifestarse, a través del cual el sujeto declara su compromiso, sentimiento, aceptación, desacuerdo acerca de algo. 
El símbolo es la voz del “sentir humano”, es la herramienta capaz de hacer explícito lo implícito, visible lo invisible. El lenguaje es un medio de expresión y por tanto, “siempre” es acompañado por la intención de quien lo utiliza. 

En su origen el verbo tuvo cualidad formativa, de tal modo que el mundo simbólico en el que vivimos fue creado por el poder de la palabra. Vocablo y realidad poseen así la misma fuente, se alimentan de la intención creadora original, aquella cuya fuerza logra hacer manifiesto lo latente. 
La evolución del lenguaje ha seguido seguramente, la misma evolución del hombre. Así, desde aquella intención originaria hasta nuestros días ha habido cambios substanciales, importantes y en alguna medida degradantes.
Mitos y leyendas nos recuerdan que el verbo era potestad de los dioses y que fueron ellos quienes nos enseñaron a hablar. Para el hombre de entonces las palabras tenían poder, tanto para sanar y fortalecer como para herir y enfermar; poseían la potencia de transformar, de modificar los acontecimientos. Su expresión era respetaba y temida por ser el detonante de la acción.
Desde aquella humanidad hasta nuestros días, la voz fue separándose progresivamente de la intención creadora originaria y cobrando significado propio. Aquella palabra como instrumento del ser humano en general fue mutando en herramienta individual, utilizada por quienes poseían la capacidad de moldear el flujo vital en sílabas, de dar vida simbólica a lo asimbólico. Este ha sido y sigue siéndolo mérito de quienes poseen el “don de la palabra”.
Lo innombrable sólo existe indiscriminadamente y al no poder ser abarcado tampoco puede ser comprendido. El término le da a la existencia asequibilidad, individuación y facultad transformadora.
Durante siglos la alfabetización estuvo al alcance de muy pocos y sólo estos pocos transitaban por las calles de un mundo completo. El resto permanecía en la ignorancia y en la inocencia de la cosa no dicha. Posteriormente la literatura fue creciendo y acercando al lector toda la riqueza del idioma. 
A nuestros días nos llega un lenguaje empobrecido debido a la falta de una clara intención por parte de quien se expresa. Como ámbito simbólico, la voz se ha independizado de tal modo, que sólo lleva impreso su valor comunicacional. El auge en las comunicaciones genera y necesita de esta locución descomprometida, de este enunciado superficial que deja fuera todo acompañamiento sentido. 
He aquí el comienzo del fin de la palabra. Abandonada por el locutor y el escucha, sólo posee sentido en sí misma, sin más energía que la que le brinda la estética y la lingüística. Es entonces cuando el hablar bien es parte del atuendo personal, del ornamento con que nos vestimos para impresionar al otro.
Lejos quedó el alcance profundo del modelo, de aquel verbo inicial que conmovía al universo, lejos también su valor vehicular a través del cual se expresaba lo sentido. La palabra ha quedado sola, desvalida, huérfana y próxima a su extinción. 
Un análisis más penetrante tal vez pueda mostrarnos que no posee la frecuencia de la época y que, por esto mismo, está siendo reemplazada por la imagen, cuya velocidad es acorde con nuestra urgencia. No dejamos por esto de lamentar tremenda pérdida.

El conocimiento humano posee etapas y en cada una de ellas, los instrumentos para asirlo van variando. La palabra: aquella brutal, vibrante, transformadora, enorme se nos fue hace tiempo, su heredera, aquella del compromiso íntegro, de la presencia fuerte, del sentimiento claro y la intención certera dejó paso a esta pequeñita y debilucha que nos acompaña en discursos vacíos y peroratas tristes…Ya no es creíble ni sentida, sólo representante de una sociedad decadente y perdida.

LOS DIAS POR VENIR


Estamos inmersos en un tiempo distinto, un nuevo contexto, una nueva realidad. Pero a pesar de los tantos mensajes optimistas sobre el estado actual, la etapa que se avecina no es para nada alentadora. La violencia desenfrenada, así como el desconcierto y el sinsentido, serán una constante. Envueltos en la vorágine de acontecimientos cada vez más absurdos y cotidianos, iremos perdiendo –o ya hemos perdido– la noción de valores y principios que durante décadas gobernaron nuestro mundo.

A fin de comprender esta situación, retomaremos conceptos vertidos por la Orgonomía en sus comienzos y trataremos de establecer su relación con el proceso de cambio actual.

Wilhelm Reich, quien describió claramente la estructura del acorazamiento humano, distinguió en ella tres capas o camadas bien diferenciadas:
  • una superficial y represiva, capaz de disfrazar y contener los impulsos más oscuros y profundos, cuya función es permitir una relación armónica entre el sujeto y su medio;
  • una intermedia, en la que conviven los impulsos secundarios (impulsos reprimidos) como la ira, la envidia, el odio y todas aquellas emociones que la frustración primitiva transformó en resentimiento por intolerancia al dolor;
  • y una tercera mucho más interna, donde los impulsos naturales y vitales muestran la bondad original de nuestra especie.

En la sociedad de los últimos siglos, la capa superficial –aquella capaz de mantener a raya el infierno interno del hombre– ha intermediado en todas las relaciones personales, sociales e institucionales. Salvo en épocas muy precisas (guerras, catástrofes o acontecimientos extraordinarios en los cuales la miseria humana logró imponerse), la sublimación como mecanismo transformador ha permitido transmutar en lo contrario todos aquellos impulsos secundarios descriptos por Reich como la capa intermedia de la coraza. Gracias a este mecanismo, el hombre ha podido mostrarse de una manera totalmente diferente al espanto contenido en su interior.

La estabilidad ambiental, ahora lo sabemos, fue lo que permitió disfrazar en forma elegante y adecuadamente las fuerzas ocultas tras bambalinas; la misma estabilidad que generó y mantuvo la periodicidad de las estaciones del año y de los ciclos vitales en su totalidad.

Ese equilibrio ambiental está perdido: lo testifican desde los informes científicos hasta el aumento de catástrofes mundiales. Tifones, huracanes, sismos y súper tormentas amenazan diariamente a cientos de miles de personas; lluvias torrenciales, sequías, tornados, tormentas solares están presentes sin exclusión en todo el planeta. También existen estudios acerca de cómo esos cambios drásticos afectan la flora y fauna de todos los lugares. Frente a todo esto, ¿cómo podría la coraza humana mantenerse intacta?

Y tal cual lo vaticinara Reich, lo primero en ceder es la capa más superficial: aquella correspondiente al disfraz que cada uno elaboró durante toda su vida. Es entonces que los buenos modales mutan en intolerancia y fastidio, la buena voluntad en un “qué me importa”, la solidaridad en una frialdad inusitada. Todo esto, en el mejor de los casos.

Resquebrajada la superficie, los bloqueos liberan su energía y la persona se ve impelida a actuar sus emociones reprimidas, empujada a expresar la furia de frustraciones pasadas. Los impulsos secundarios, aquellos que hasta aquí habían podido mantenerse ocultos, afloran sin control y se expresan en el mundo.

Poco importa que se intenten elaborar nuevas leyes o establecer nuevos modos de abordaje; la realidad interna no puede ya someterse a fórmulas o prescripciones externas, no acepta códigos, no se atiene a decretos. Por el contrario, la necesidad de transgredirlos es el nuevo reto individual. Y la sociedad se convierte de esta manera en un conjunto de personas dispuestas a imponer su razón, a actuar sus impulsos, a violentar todo aquello que las contenía. Porque los límites están desdibujados, y los contenidos inconscientes están aflorando.

Así como las catástrofes ambientales arrasan la superficie de la tierra, las catástrofes individuales arrasan la superficie de cada uno de nosotros; porque de la misma forma que el planeta, el hombre debe purificarse, limpiarse, para llegar a su esencia. El camino de retorno al origen está iniciado, sólo que deberemos atravesar el infierno para en última instancia llegar a los cielos.

Bienvenidos

¡Bienvenidos!

En busca de un mayor acercamiento y de una comunicación más fluida con quienes están interesados en nuestro trabajo de investigación, hemos creado este blog. Pretendemos a través del mismo continuar transmitiendo los conceptos básicos y pilares de la teoría orgonómico-biofuncional e informar periódicamente sobre nuestras comprensiones y hallazgos. De particular interés es la posibilidad de que los lectores vuelquen sus comentarios e inquietudes a fin de establecer un vínculo más dinámico y enriquecedor.

A quienes conocen sobre el tema como a los que recién se aproximan les ofrecemos un escrito que resume la actualidad de nuestro abordaje:


EL TIEMPO DEL TIEMPO

Una mirada orgonómica sobre el cambio 

            Todo proceso evolutivo supone la existencia de un crecimiento progresivo de estructuras originariamente simples hacia otras más organizadas y complejas. Esta disposición natural ha venido acompañando a la humanidad desde tiempos inmemoriales, siendo su expresión la vida misma. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando se ha alcanzado el máximo desarrollo? Es lógico suponer el comienzo de una etapa de deterioro y muerte para todo aquello que llega a su apogeo. Es predecible su degradación y desmoronamiento y, en última instancia, el retorno al origen. Esto que a nivel individual es una constante (ya que cada sesenta o setenta años todo ser humano repite este ciclo), hoy está aconteciendo con nuestra civilización. Habiendo tocado la cresta de la ola, se encuentra en una corriente involutiva que en el hombre finaliza con la re-vivencia de su nacimiento. Sobre este retorno hemos dado cuenta en nuestro libro “La Forma Humana -De la función del orgasmo a la pulsación de la conciencia" año 2001-Pluma y Papel Ediciones] describiendo el tratamiento biofuncional como una des-trascripción gradual de la coraza y del yo capaz de llevarnos perceptivamente a la fuente de la existencia. 

Nuestro tiempo está determinado por una marcada tendencia a la disolución de la diversidad en la unidad. En términos orgonómicos, un campo mayor está absorbiendo al campo menor, la energía vital reintegrando la disgregación en un movimiento antientrópico sin precedentes. La pulsación de todo lo que existe está siendo alterada, ampliada e impelida a descargar todo aquello que impida su fusión a este campo mayor. El hombre como ser pulsátil está exigido a liberarse urgentemente de su historia personal, despojarse de sus ataduras simbólicas, compelido a abandonar sus hábitos, sus afectos, sus ideas y creencias.

En “La libertad como vivencia del origen–El sentido trascendente del desplazamiento de la percepción”, Revista Orur S.XXI, n°12] hablamos de cómo una cultura decadente, habiendo saturado al cuerpo humano (ya que el cuerpo es el representante de nuestra cultura), le impide a éste reencontrarse con su naturaleza esencial. En aquella nota dejamos constancia de la imperiosa necesidad de abandonar los anclajes perceptivos conocidos para disponernos a contactar con nuestro origen.

Diferentes concepciones filosóficas y religiosas dan cuenta de este estado de pasaje, de este salto evolutivo que en una espiral ascendente no significa otra cosa que el regreso del hombre a su condición primitiva, aunque en un nivel superior. Lo que no está claro es cómo acompañar perceptivamente este cambio, cómo lograr ser conscientes de lo que la propia naturaleza está generando en nuestro interior.

Las manifestaciones de esta realidad son: la descontrolada violencia, el miedo permanente, la insatisfacción constante, la falta de sentido y el atontamiento generalizados. Alienados en un mundo repleto, seguimos empujando con el empecinamiento de los necios, sin darnos cuenta que la realización personal ya está fundida con la transformación común. En el mejor de los casos, y con la falsa idea de que el cambio acontecerá afuera, se prepara el entorno como refugio para lo que sucederá “independientemente de nosotros”. 

La gran mayoría de las personas intuye esta realidad, la percibe de alguna manera, pero debido a la falta de tolerancia a lo desconocido o bien la rechaza negándola o bien la interpreta erróneamente. De ambos modos, impide una preparación adecuada para la transformación que ya está aconteciendo.


La realidad es percepción.

La percepción es una función de la energía vital, y como tal acompaña al sujeto como “fuerza” desde su nacimiento. Esto es, la percepción es el polo activo de la conciencia que actuando desde una membrana (nuestro cuerpo) nos permite crear la realidad.

Sabemos que la energía planetaria está mutando; a este cambio lo venimos registrando desde los años '80, cuando la energía orgón comenzó a ser progresivamente reemplazada por el orur (tanto el orgón como el orur fueron energías descriptas por Reich, siendo esta última descubierta accidentalmente como resultado de una síntesis de orgón y radioactividad).

Sabemos que los cambios que se operan sobre nuestro planeta son idénticamente funcionales a los que se operan sobre nuestro campo de energía vital, por lo tanto es inconcebible no comprender las alteraciones, tanto individuales como sociales, como parte de este proceso evolutivo mayor [Remitimos al lector al artículo “La gravedad de la gravedad”, Revista Orur S.XXI, nº 14].

Si nuestra energía encerrada en el cuerpo como conciencia está siendo afectada por las alteraciones ambientales, nuestra percepción como acción de esa conciencia también se ve exigida a variar.

La realidad está dejando de manifestarse como un contexto definido para ser un espacio cada vez más vacío de contenidos, dejando a la vista que estos contenidos son los representantes de nuestra historia personal, de nuestro modo de expresión en el mundo.

El hombre está siendo arrastrado a nuevos lugares perceptivos en donde sus valores, creencias y convicciones pierden toda vigencia. La percepción va modificándose en forma progresiva y continua, por lo que todo lo viejo, lo antiguo, lo conocido, va perdiendo validez y utilidad.


Recuperando la unidad.

El desplazamiento de la percepción hacia lo desconocido supone cierta liviandad y entrega imposibles para quienes cargan y se aferran a su historia personal. Debemos aclarar aquí que la parte más pesada y difícil de esa historia personal está representada por sus aspectos inconscientes.

Como parte del proceso natural, el límite entre lo consciente e inconsciente se está desdibujando; los mecanismos represivos que mantenían alejados de la percepción a los contenidos inconscientes están cayendo, y por ende los impulsos secundarios (descriptos por Reich como la segunda capa de la estructura caracterial) llegan a la superficie. 

Es una época de caos, ya que el principio de realidad está dejando paso al principio de placer, cada cual busca satisfacer sus necesidades de forma imperiosa y sin el reconocimiento de un otro como tal. En un mundo personal en donde ya no pueden confluir los acuerdos perceptivos necesarios para la vida en comunidad, la existencia tal como la conocemos va perdiendo sentido.

Las proyecciones sobre el entorno también se van debilitando, y el monto de energía que se desprende de ellas vuelve a nosotros aumentando la intolerancia.

La confusión, el miedo y la dificultad del cuerpo para relajarse son síntomas claros de que estamos desandando y transitando por espacios negados perceptivamente hasta el presente. En este camino vamos re-conociendo sentimientos, emociones y sensaciones que siempre nos pertenecieron pero a las que no podíamos acceder voluntariamente. En otras palabras, la naturaleza parece alentar un proceso regresivo capaz de llevarnos progresivamente hacia la unidad que somos.


           Lo real y lo simbólico.

Habiendo corroborado que el nacimiento es una matriz formativa cuya modalidad se imprime en todos los actos de nuestra vida, podemos definir al momento del nacimiento junto al momento de la muerte (ambos idénticamente funcionales) como los dos únicos acontecimientos reales. Y siendo el resto de las ocurrencias una repetición de ese molde originario, consideraremos a los hechos de la historia personal como situaciones simbólicas, en tanto representan formalmente las características perinatales.

Lo real y lo simbólico poseen así una conexión única y permanente, de tal modo que disolviendo el valor simbólico de los sucesos vividos podemos llegar a contactarnos con lo real de nuestra existencia. En otras palabras, la elaboración de la historia personal junto al reconocimiento de la Forma que la acompaña nos acerca a la vivencia perinatal como circunstancia real [Ver “La Forma Humana”].

Creemos que todo proceso disolvente de nuestra cultura (tal como el que estamos describiendo) es también disolvente de la estructura caracterial, ya que ésta como aquella son elementos altamente simbólicos. 


Un mundo simbólico.

El símbolo (la imagen, la representación) nos habla de lo simbolizado, nos da cuenta de lo representado, nos permite imaginarlo, esto es, nos acerca datos de lo real sin ser lo real. Se le parece, nos aproxima, nos permite conocerlo, pero paradójicamente también nos aleja. Logra así establecer el espacio necesario para su lectura, su comprensión.

Esta distancia ha debido ser la justa y necesaria para que el organismo tolere lo real sin ser destruido. Así el organismo transcribió en cuerpo, se hizo simbólico, se convirtió en representación para tolerar el flujo vital sin desintegrarse. Nuestro cuerpo es el retrato del organismo (“fuimos creados a imagen y semejanza de Dios”), es su expresión simbólica; cual espejo, reflejamos la imagen de lo real.

Nuestro mundo, al igual que nuestro cuerpo, es simbólico, es una transcripción de lo real. Vivimos en un mundo simbólico creado por nuestra propia necesidad de supervivencia. La cultura se constituyó, de este modo, en un espacio tan vital como la naturaleza misma. Su tiempo se ensanchó, creció, y en la misma medida nos fuimos alejando de la naturaleza, nos fuimos haciendo más “representantes de nosotros mismos”.

Somos, por tanto, naturaleza y cultura, realidad y símbolo, verdad y metáfora. Esta convivencia  exigió, sin lugar a dudas, una distancia óptima para un encuentro armonioso.

Creemos (y es esta creencia lo que convoca estas líneas) que esa distancia apta, adecuada, se ha perdido, creando un abismo entre dos espacios antagónicos. Naturaleza y cultura son en el presente dos lugares que ya no logran encontrarse.

La distancia apropiada que las reunía en el hombre ha desaparecido, pero no sólo se ha aumentado abriendo una brecha sino que sigue y seguirá creciendo.

La naturaleza nos empuja a dejar las estructuras caducas que acarreamos durante años, a dejar de ser lo que fuimos históricamente; la cultura al irse desprendiendo nos genera desasosiego, angustia, conductas impulsivas e irracionales, descontrol, pérdida de sentido, etc.

La capa más superficial de la estructura caracterial ya no existe, y para llegar a la capa más profunda y originaria debemos atravesar la capa intermedia de los impulsos secundarios. Es el infierno interno al que hizo referencia Juan Pablo II, es el tránsito insoslayable por los retorcimientos históricos que hemos implementado negando nuestro origen.

El origen como lo único real que poseemos se nos impone, y todo lo que hayamos realizado para negarlo ha comenzado a caer.


La importancia de comprender lo que está sucediendo.

Lo que se observa a simple vista es que la mayoría de las personas ignora la dimensión y el sentido de este cambio radical. Todos sufren las consecuencias de las alteraciones ambientales y bioenergéticas, pero no todos poseen el contexto adecuado para leer este fenómeno. La mayoría acusa los desequilibrios como una agresión desmerecida e intenta retomar (sin ninguna posibilidad de éxito) el control anterior. Otros muchos utilizan la poca comprensión que los asiste para sacar partido de él, ofreciendo un conocimiento que no tienen acerca del futuro de la humanidad.

A nivel global cada grupo trata de simbolizar y definir la realidad cambiante como puede. Lo cierto es que la mayoría no incluye que su "yo”, su persona como tal, no será lo que trascienda estos tiempos. Se ofrecen refugios materiales en lugares concretos del planeta, lucrando con la ignorancia y arrogancia de quienes creen poder "salvarse”. Por lo tanto, es urgente saber lo que está pasando aquí y ahora con nosotros, lo que podemos hacer para enfocarnos adecuadamente, esto es, para estar a favor de un proceso que nos supera ampliamente.

El descontrol generalizado es una muestra de que nuestras estructuras psicofísicas están siendo desequilibradas, de que nuestros parámetros históricos están haciendo agua y no podemos aferrarnos a ordenamientos caducos.


¿Quién soy yo?

La conciencia individual es el resultado de un largo proceso evolutivo del ser humano. Durante siglos la conciencia estuvo sostenida por la comunidad. Esto es, los individuos sólo poseían importancia en relación al grupo de pertenencia, ya que era el grupo como unidad quien podía sostener la energía de la conciencia. Las tribus y  los clanes daban al individuo su razón de ser, participando todos del mismo espíritu.

Desde aquellas comunidades tribales fuimos pasando a la familia, primero a aquellas numerosas compuestas por todos los descendientes de los “primeros padres”, existiendo así grupos de quince o veinte personas reunidas bajo la misma sangre.

La historia de la familia es algo más conocido por todos nosotros, ya que su evolución forma parte de la historia reciente. Desde aquellas familias numerosas hasta nuestros días ha habido cambios substanciales, no sólo respecto al número de integrantes sino también a la concepción de la misma.

No es casual que en estos momentos sostener el grupo familiar primario –padre, madre e hijo– sea todo un desafío, y sea cada vez más difícil compartir la visión del mundo con quienes nos rodean.

Lo que para nuestros antepasados era sostenido por muchos individuos agrupados e igualados por este compartir de la conciencia, actualmente se está proponiendo como un sostén individual. En otras palabras, la evolución natural está exigiéndonos abandonar nuestros reaseguros históricos para transformarnos en seres portadores de conciencia.

En este proceso evolutivo, sucintamente descripto, el “yo” ha tenido un papel muy importante, ya que ha servido de tutor en la transición de la conciencia grupal a la conciencia individual.

Desde su nacimiento y hasta la edad adulta, el individuo va haciendo crecer su "particularidad”, va desplegando su modalidad única, de tal modo que las diferencias individuales, suficientemente significativas, lo proveen de un mundo propio, personal, diferente a los otros. En el momento del nacimiento, el cuerpo se constituye per se en el origen biológico del yo, el cual se irá desarrollando a la par que irá creando su propia realidad [Ver Orur S.XXI, nº 18].

¿Quién soy yo? No soy más que la identificación con mi cuerpo, con mis sensaciones corporales, las que han ido derivando en gustos, emociones y sentimientos propios. Desde un yo precario, incipiente, delimitado sólo por el contacto con mi madre he ido creciendo hasta convertirme en un ser con precisiones, a tal punto que puedo definirme. Soy no sólo mi presente sino mi historia, lo que he vivido, lo que pienso de mí, lo que valoro y también lo soy en mis aspectos inconscientes. [Ver Orur S.XXI, nº 19].

El yo es, pues, esa estructura capaz de acompañar al sujeto hasta la consolidación de la individualidad; es esa instancia que, a modo de tutor, dirige el desarrollo y maduración de las potencialidades inscriptas en el ser humano. Ahora bien, la maduración yoica marca el final de un proceso, la culminación de una etapa. ¿Qué ocurre luego? ¿Cuál es el destino de aquello que alcanza su máximo crecimiento? [Ver Orur S.XXI, nº 20].

La maduración yoica significa en lo individual la muerte del sujeto. Es decir que cada persona termina su ciclo vital al alcanzar sus metas personales, y con ellas su máximo desarrollo. En algunos casos excepcionales esta maduración ha permitido al sujeto el despertar de la conciencia a través de una experiencia de iluminación. Esto ha acontecido siempre que el cuerpo se ha encontrado en condiciones de tolerar en forma consciente la totalidad de la energía vital sin morir. La muerte existe entonces como la consecuencia necesaria cuando, por el propio proceso natural, se rompen los límites de la estructura yoica y el cuerpo no posee las condiciones necesarias para metabolizar la energía desprendida.

Ahora bien, creemos que el cuerpo humano en términos de especie ha madurado lo suficiente como para sostener por sí mismo la totalidad de la energía. Esto es lo que consideramos como el actual desafío evolutivo.

En otras palabras, esta etapa de transformación del planeta en general y del hombre en particular supone –hasta donde sabemos– un desprendimiento de todo lo aprehendido, lo que en términos orgonómicos significa el máximo de entrega. El proceso natural está expresándose así a través de la disolución de los yoes individuales y de la unificación de los polos consciente-inconsciente. Hasta aquí sólo pudimos vivir como seres disociados y la propuesta ahora es reunirnos y retornar al origen.

Repetimos: la conciencia como campo de energía fue siendo sostenida en forma progresiva  desde la conciencia “común” de nuestros ancestros (espíritu de tribu, clan, raza), pasando por la tradición familiar de nuestros ascendientes, hasta nuestros días en que la conciencia individual está a punto de ser consolidada como el mayor y último logro de la especie humana.

Todo este movimiento supone sufrimiento para nuestros yoes, de allí que el único modo de acompañar tamaño proceso sea a través de un desplazamiento perceptivo de gran magnitud, a fin de tolerar la muerte inexorable de nuestra historia personal. Intentarlo es el único objetivo presente de nuestro trabajo psicofísico.