A propósito de la guerra

 

 Miróse el hombre en el espejo de otro hombre y no gustando de su modo y su apariencia disparó al corazón de su reflejo.

Pasó la noche y los días subsiguientes atrincherado en su ego y su miseria. Y sintió dolor y desconcierto y ante el horror de verse muerto construyó un arsenal en su destierro.

No pudiendo salir ya de su encierro buscó a otros hombres para matar su miedo en el espejo; al cual por cierto, no podía mirar sino de lejos.

Y fueron cientos y cientos los perplejos, los que a la vista tan sólo de reflejos disparaban como entes al espejo.

Y fue el espanto de ver a tantos muertos lo que llevó a los hombres a la guerra. Y pelearon a morir por pan y tierra, por agua, por petróleo y por banderas, más todo es una quimera; lo verdadero es que no pudiendo reconocerse en el espejo mata en él a su reflejo.  

                       Extraído de Entresueños (2007) 

  

Nosotros ante el cambio

Nada se pierde, todo se transforma. Pero lo que en términos energéticos es así ...en el mundo de las formas lo que se transforma se pierde, ya que se desdibuja y se camufla bajo otras vestiduras. Es lo nuevo que, con la misma substancia de lo viejo, adquiere otra apariencia, otro destello. Y aunque el mundo y el universo conserven la energía original a través de los tiempos; nosotros -los humanos- percibimos el cambio y sufrimos su metamorfosis. Sin ella no habría crecimiento, evolución ni progreso, sin ella la vida quedaría sin sentido ni razón. Pero la razón y el sentido no alcanzan a calmar la desazón que va dejando a su paso el transcurrir de la mutación permanente. Y en este siglo XXI ese devenir se ha acelerado y se ha hecho más evidente.

La velocidad con la que los fenómenos se manifiestan y dejan de hacerlo nos exigen una continua adaptación al cambio. Lo que en otro tiempo llevaba décadas hoy sólo lleva un par de años y por ende, la estabilidad de entonces ya no existe y nuestro equilibrio tampoco. Todos, involuntariamente, somos arrastrados en una vorágine que nos avasalla y nos agita, nos aturde y perturba. Frente a ello la palabra clave es "adaptación", lo que no significa otra cosa que intentar acompanar el movimiento con movimiento. Cada quien busca la mejor manera de hacerlo, cada quien ensaya formas de tolerar el inexorable caos. Lo que está claro es que ya no nos contienen los valores y principios que permitieron el traspaso de la "posta" de una generación a otra. Ya no hay legado para pasar a quienes nos siguen, lo conocido ya no sirve y lo nuevo apenas se vislumbra. Nos desconocemos en el otro y nos perdemos buscando en vano nuevas convicciones y criterios. En otros términos estamos transitando una crisis.

Es innegable que el cambio climático afecta a todo lo que habita en nuestro planeta, incluido a los seres humanos. Es insostenible pensar que, mientras la flora y la fauna van sufriendo transformaciones y, en muchos casos, hasta extinguiéndose, nosotros permanezcamos incólumes. La descompensación generalizada en los seres humanos se observa en el aumento pronunciado de estados de ansiedad, depresión y ataques de pánico; en la falta de empatía y la furia desenfrenada de muchas personas, en el poco entendimiento entre quienes conviven, en el estado alterado de nuestros gobernantes y en el caos social. El incremento de enfermedad y muerte repentina, de homicidios y suicidios también dan cuenta de ello. 

Todo lo hasta aquí expuesto no es novedad, por lo que, llama la atención que la asociación entre cambio planetario y desequilibrio psico-físico no sea tenido en cuenta por los profesionales de la salud a la hora de comprender a sus pacientes. Pareciera que una cosa no tiene nada que ver con la otra y, en el mejor de los casos, sólo se relaciona el estrés y la ansiedad al modo de vida actual. ¿No es extraño que no se asocie el "modo de vida actual" con las alteraciones bio-energéticas planetarias?  

Frente a tamaño descontrol, la disociación parece ser una defensa para la mayoría de los seres humanos. Pensar que nada tiene que ver con nada hace que se pueda enfocar en compartimentos estancos y dedicarse a comprender la realidad dentro de esos límites. Esa mala interpretación aplicada a todos los ámbitos de la ciencia y la falta de conciencia agravan, sin duda, la problemática que vivimos.

Este artículo no tiene otra pretensión que poner el énfasis en lo por demás visible para que, quienes se atrevan a desafiar la disociación vigente, puedan entender la crisis desde un nivel más abarcativo. Para quienes ya han registrado la dimensión del cambio, para quienes propician el  auto-conocimiento, la soltura y la entrega de lo viejo y para quienes transitan el presente desde esas premisas; esta nota será un modo más de reflexión al respecto.                                                                

Comprendiendo la influencia del cambio planetario sobre el ser humano podremos ver su comportamiento como consecuencia y no como causa. Ya he mencionado el hecho de que los límites entre consciente e inconsciente están desdibujados, que los impulsos secundarios (sentimientos negativos reprimidos) afloran y que, quienes no cuentan con la auto-observación, los actúan lisa y llanamente. ( tema tratado en el artículo "Los días por venir").  

Lo más saludable será ir conociendo y aceptando la sombra que busca la luz, los contenidos inhibidos que buscan hacerse conscientes; porque es desde allí que ampliaremos nuestros límites y nos aproximaremos a la unidad. Es un trabajo en solitario, un deber individual que exige ánimo y esfuerzo, pero es el único hecho válido frente a la realidad que se nos impone. Y es la confianza en ese proceso mayor que nos abarca y nos transforma lo que logra enaltecer la tarea. Manos a la obra!

Breve análisis de la relación médico-paciente

 Hoy intentaré reflexionar sobre un tema por demás importante: el vínculo que se establece entre los profesionales de la salud y las personas que recurren a ellos.

Quienes busquen información al respecto, se encontrarán con descripciones idílicas tales como: "la relación entre un médico y un paciente no se limita a un simple intercambio de información médica, es un vínculo complejo que implica confianza, respeto y comunicación" o "la relación médico-paciente no se reduce al contexto de la salud-enfermedad ya que se incorporan sentimientos, principios y vivencias del paciente y del profesional. Se establece un compromiso mayor, una relación persona a persona con todo lo que esto involucra" o bien "la medicina es grande por el sentimiento humanista que tiene y por esa capacidad del médico para asumir y hacer suyo el sufrimiento y dolor de los demás" y así sucesivamente. En la práctica y salvo raras excepciones -todos sabemos- esto no es así.

Un breve resumen de la evolución de la medicina puede ayudarnos a comprender tanto las características actuales de este vínculo como sus causas. 

Desde la concepción hipocrática y por muchos siglos, la medicina se fundamentó en el respeto a la naturaleza, con el concepto de enfermedad como pérdida del equilibrio natural y con intervenciones médicas basadas principalmente en la sabiduría y experiencia del médico. Para realizar el diagnóstico de las enfermedades a principios del siglo XX, un médico contaba con un elemento fundamental: la entrevista con el paciente, así como con un número limitado de análisis de laboratorio y estudios radiológicos sencillos como auxiliares. Su función era fomentar la tendencia de las heridas a sanar, de la sangre a cuajar y de las bacterias a ceder ante la inmunidad natural.

Las permanentes amenazas para la vida -tales como guerras, epidemias y grandes catástrofes unido a la expansión de demandas sociales- impulsaron una progresiva incorporación del Estado en las cuestiones de salud. En Europa, como desarrollo de una clase trabajadora mayoritaria, comenzaron a surgir mecanismos administrativos y financieros de concesión  de beneficios tales como pensiones, seguros por accidentes de trabajo, atención a la salud del trabajador, guarderías, entre otros.

En 1948 y después de la Segunda Guerra Mundial, entra en vigencia la constitución de la OMS (Organización Mundial de la Salud), la cual establece el primer servicio mundial de vigilancia de las enfermedades, dando prioridad a una serie de campañas masivas contra la tuberculosis, el paludismo, la sífilis, la viruela y la lepra. La creación de esta organización marca el comienzo de la salud pública y la institucionalidad de la medicina a nivel general. Desde sus inicios la OMS ha tenido como misión principal el garantizar la salud pública global, coordinando esfuerzos internacionales para combatir enfermedades, promover la salud y responder a emergencias sanitarias. Para ello trabaja en colaboración con gobiernos, organizaciones no gubernamentales y otros actores para establecer estándares de salud, proporcionar orientación técnica y apoyar la investigación.

La teoría y la filosofía de la medicina contemporánea pasa así a promover no sólo una técnica para mantener, mejorar o potenciar la salud, sino también una dimensión normativa. De este modo, la medicina no sólo es un conjunto de saberes y técnicas sobre la salud y enfermedad de las personas, sino que -en tanto la salud es valorada como "un bien" y la enfermedad como "la carencia de ese bien"- se manifiesta como institución de poder. Así es capaz de regularizar, disciplinar y normalizar cuerpos y  poblaciones en función de volver a los individuos sanos, productivos, dóciles y útiles para las instituciones modernas.

Según palabras de Ivan Illich en su libro "Némesis Médica-La Expropiación de la Salud", "durante las últimas generaciones el monopolio médico sobre la asistencia a la salud se ha expandido sin freno y ha coartado nuestra libertad respecto a nuestro propio cuerpo. La sociedad ha transferido a los médicos el derecho exclusivo de determinar qué constituye enfermedad, quién está enfermo o podría enfermarse, y qué cosa se hará a estas personas". Justamente el término "medicalización" hace referencia a esa expansión de los sistemas de salud a casi todos los campos de la sociedad moderna y a la creciente dependencia de la población respecto de los servicios proporcionados por los profesionales de la salud e industrias farmacéuticas. Los medios de difusión que divulgan los avances de la medicina -significativos o de porte menor- también influyen de manera decisiva creando frecuentemente falsas expectativas sobre las posibilidades reales de la medicina y fomentando el consumo de medicamentos. En definitiva, "una vez organizada una sociedad de tal modo que la medicina puede transformar a las personas en pacientes porque son nonatos, adolescentes, menopáusicos o se hallan en alguna otra "edad de riesgo", la población pierde inevitablemente parte de su autonomía que pasa a manos de sus curanderos" (Ivan Illich-Némesis Médica)

El cambio de paradigma de la medicina resulta así en la conversión de una profesión eminentemente humanística y de ayuda social -que durante siglos se ha encaminado sólo a tratar de beneficiar al paciente- a una medicina concebida como una industria, en donde el elemento perturbador es que, además, debe buscar el provecho de los inversionistas que han creado esa industria. 

Un capítulo aparte merecería el proceso pandémico que vivió la humanidad en el 2020-2021 como consecuencia del covid-19. Ante la sola pregunta de cuál fue el criterio bajo el cual se tomó la decisión de "aislamiento social generalizado" y qué hizo que los gobiernos aceptaran y adoptaran la medida, tendremos como principal respuesta el miedo. Miedo a la enfermedad y a la muerte, situaciones ambas rechazadas por una cultura ególatra y exitista.  El miedo fue la única razón para todo tipo de excesos. El enemigo pasó a ser "el otro" y "la enfermedad" la mayor amenaza. El proceso pandémico que atravesamos ha exaltado las condiciones para la medicalización de la sociedad, de la forma de vida y de los cuerpos.

Enfocándonos ahora en el paciente tenemos que:

La definición sobre salud de la OMS, que considera a ésta de forma utópica y subjetiva como algo más que la ausencia de enfermedad y la eleva al estado de bienestar absoluto, hace que situaciones de la vida como el cansancio, la frustración, el duelo y hasta diferencias individuales como la calvicie, la timidez o la fealdad estén siendo consideradas como enfermedad y tratadas como tal. Ello genera una angustia desmedida ante síntomas banales junto a una percepción cada vez mayor de vulnerabilidad ante la enfermedad.  Además vivimos en una época dominada por el hedonismo, el miedo a las enfermedades y el miedo a la muerte, por tanto, todos estamos más vulnerables y compartimos cierta hipocondría social. En nuestras sociedades modernas se creó una especie de obsesión por la salud. Se trata de un nuevo consumismo de un cuerpo saludable que es alimentado en forma difusa por diferentes actores, entre ellos la ya mencionada industria farmacéutica y su alianza con los medios de comunicación. Sin refutar el valor de la salud, éste no puede llevarse a un nivel en el que la sociedad haga negación del sufrimiento y de la enfermedad, lo que conlleva que la sociedad esté enfermando por no enfermar. 

En las últimas décadas, el extraordinario progreso logrado por la ciencia y la tecnología médicas alejó al profesional de la salud del cuerpo del paciente y de su subjetividad. Como resultado cada vez se examina menos, se observa menos, se interroga pobremente y el tiempo de consulta se ve acotado. En términos generales, importan más los datos que aportan las maquinas que la auto percepción del paciente. "En un hospital tecnológico complejo la negligencia pasa a ser "un error humano aleatorio", la actitud encallecida se convierte en "desapego científico" y la incompetencia se transforma en "falta de equipo especializado". La despersonalización del diagnóstico y la terapéutica hace que el ejercicio profesional impropio deje de ser un problema ético y se convierta en problema técnico" (Ivan Illich-Némesis Médica).Podemos decir que la medicina se mercantilizó y la sociedad se medicalizó.

Desde esta perspectiva interpretaremos el nexo médico-paciente como un proceso dinámico entre dos personas que se relacionan entre sí con roles bien definidos. Esencialmente es una relación de desigualdad o asimetría impuesta por un conocimiento que no se comparte sino que se imparte. Las dos posiciones no están en el mismo nivel ya que:

-El médico se halla cumpliendo su papel profesional específico, siendo esta relación un acto cotidiano para él, no sólo respaldado por su capacidad y conocimiento sino por toda una institución que le brinda seguridad y protección.

-Aquel que adopta el rol de enfermo -por cualquiera que sea la razón- se siente a sí mismo, al menos temporalmente, incompleto, debilitado y abierto al miedo, ya que la amenaza de la enfermedad física o mental lo despoja de sus defensas habituales, haciéndolo más vulnerable.

La tranquilidad y confianza de quien asiste a la consulta dependerá, entonces, de las características de personalidad del médico, de su actitud y buena disposición. Algunos profesionales adoptan un modo autoritario y poco contenedor, atendiendo desde un lugar de poder capaz de inhibir la intervención activa del paciente. En otros casos, la falta de empatía puede llegar a cierto grado de violencia verbal. Son contadas las veces en que se encuentra a un profesional comprometido y respetuoso de la persona del paciente.

En general, el acto médico se caracteriza por su brevedad y el poco espacio que deja al enfermo para liberarse de su angustia, ya que antepone las imágenes diagnósticas y los datos de laboratorio a las confesiones del paciente. Esta falta de tiempo o falta de formación en determinadas áreas hace que, muchas veces, el médico resuelva la consulta con la derivación del paciente a nivel secundario (salud mental u otra especialidad si presenta algún síntoma somático) o bien, prescriba fármacos que, con el paso del tiempo será difícil su retirada. En la totalidad de los casos el médico persigue un diagnóstico clínico que consiste en nombrar con un título de enfermedad cualquier signo, factor de riesgo o malestar. Ya no se trata de un proceso global e integrado que contemple la perspectiva del paciente sino de una tarea fragmentada eminentemente tecnológica y dirigida al cuerpo. Quedan excluidos los conflictos, vivencias y sensaciones del enfermo por considerarse irrelevantes.

A modo de reflexión final creo que es evidente que en este proceso de expropiación de la salud -como lo llama Ivan Illich- es tan culpable el médico como el paciente ya que la humanidad toda ha delegado la responsabilidad de su vida en manos de la ciencia y la tecnología. Como lo expresa el médico español Antonio Sitges-Serra  en su libro "Si puede, no vaya al médico" "En la sociedad actual -una sociedad que venera la ciencia y siente pánico por la muerte y por envejecer- la medicina se ha convertido en un colosal negocio, a expensas casi siempre del paciente"

 

 

 

El Tiempo

¡El tiempo!… reloj gigante que marca los latidos de mi cuerpo
Fluir constante que arrastra, que envejece, que me mueve
Percibo su ritmo lento con la angustia de la espera 
Y casi no lo registro cuando me embarga la risa…
O cuando su andar tan de prisa se me hace prisa en el vientre
El tiempo!... inquietud de manecillas que se mecen en goteo
Sensaciones que me envuelven, recuerdos que me golpean
Se va gastando en palabras dichas de cualquier manera 
Y se queda en el diafragma apresado por el miedo
Como fantasma que viaja por el mundo de los sueños
Voy cayendo en su cadencia, voy ligándome a su suerte
¡El tiempo! ¿no es acaso la vida que va aguardando la muerte?



¿Qué es el tiempo? 

Partiremos de la premisa de que la realidad es percepción, por lo que, existencia y percepción son inseparables: todo lo que existe es percibido  por alguien y todo lo percibido existe. A su vez la capacidad y modalidad perceptiva es diferente para cada época, cultura y hasta para cada individuo.


Por tanto, ante la pregunta ¿qué es el tiempo?, nuestra primera hipótesis será que el tiempo es parte de la realidad percibida o, lo que es lo mismo, el tiempo no existe fuera de la percepción.

La percepción del tiempo estará determinada por las variables antes mencionadas, esto es, las diferencias culturales e individuales. 

Así la percepción del tiempo no sería la misma en la época de las cavernas, en la antigüedad, en la edad media o en la época actual. Tampoco el tiempo habría sido percibido de igual manera por los europeos que por los aborígenes de América previo a su descubrimiento.


Lo que antecede explicaría entonces que el tiempo como entidad existe por la percepción en todos los períodos de la humanidad pero de diferente manera.

Tenemos así un tiempo lineal -pasado, presente y futuro- y un tiempo cíclico o circular -sin el rasgo de unidireccionalidad de pasado a futuro, sino de bidireccionalidad. El futuro puede estar atrás y el pasado adelante o viceversa- (percibido tanto en las culturas precolombinas como en el hinduismo y budismo, por ejemplo).


Distinguiremos también el tiempo profano del tiempo sagrado. Vivir en el tiempo sagrado es vivir en otra dimensión distinta de la mera duración profana (vivido por el homo religiosus).

El tiempo sagrado nos revela una característica del tiempo: su heterogeneidad. El tiempo no es homogéneo, sino que se pueden producir “cortes” e introducir tiempos esencialmente distintos al mero transcurrir… Es un paréntesis en el que el tiempo se percibe como distinto, marcado por un propósito trascendental. Así en las ceremonias religiosas el tiempo se dilata y el hombre siente una conexión especial con lo divino. 

Los diferentes relatos de experiencias místicas  a lo largo de la historia revelan el contacto con un “presente eterno” o lo que es lo mismo “una detención” del tiempo cronológico. Ese éxtasis supone una regresión al origen y una fusión con la fuente cósmica -el conocedor y lo conocido son una y la misma cosa y la relación sujeto-objeto se disuelve en ese conocimiento unitario-. El ser ahí se funde y confunde con el Ser Universal. En ese estado hay una supresión de la palabra y del tiempo. Quedan abolidos el antes y el después, reemplazados por un presente eterno. 

Esto nos da cuenta de que el tiempo cronológico no es otra cosa que la percepción disociada de una unidad que habitualmente no podemos aprehender directamente.


La distinción entre tiempo profano y tiempo sagrado puede ser ligada a la diferenciación entre Kronos y Kairós. 

Kronos se refiere a una medida cuantitativa, ¿cuánto duró?, ¿hace cuánto tiempo? Pero el tiempo posee también un aspecto cualitativo -en griego, kairós-. Así cada momento o período de tiempo (una hora, un segundo o una década) tiene una cierta calidad, que sólo deja manifestar aquellos hechos que sean adecuados a esa calidad.

Nuestra idea actual del tiempo está penetrada por la idea de espacialidad, lo que comporta que consideremos el tiempo como algo externo, ajeno a nosotros, homogéneo, fraccionado racionalmente en segundos, minutos, horas… Es así una entidad objetiva, matemática y numéricamente divisible. Todas características que  corresponden a Kronos.

Kairós, en cambio, puede ser considerado el momento adecuado, el tiempo en potencial, la mejor oportunidad para actuar o para la realización de algo. Un acontecimiento sólo puede ocurrir si la calidad del tiempo lo permite. Así en la antigüedad se le daba mucha importancia a emprender ciertas acciones en la “hora justa”, porque se sabía que cada empresa se desarrolla según la calidad del tiempo reinante en su comienzo.

Podemos inferir entonces que, tanto el nacimiento como la muerte están más ligados a Kairós que a Kronos, ya que son momentos en el que el tiempo adquiere una valoración única y especial. Lo cuantificable (el reloj) deja paso a lo cualitativo del comienzo y final de una vida.


Y aquí nuestra siguiente inquietud ¿qué es el tiempo para la vida? Es evidente que no existe vida sin tiempo y que el inicio de la vida coincidiría con el inicio del tiempo para ese ser. 

Y como todo lo que tiene vida pulsa, habrá seguramente una relación entre ese movimiento pulsátil  y la percepción del tiempo. 

La pulsación supone contracción, expansión y movimiento y el modo particular de pulsar de cada sujeto determinará el modo particular de percibir el tiempo. Las diferencias con el resto serán sutiles pero lo suficiente como para poder hablar de un “tiempo subjetivo”.

Del mismo modo, aún para un mismo individuo, habrá diferencias de acuerdo a las vivencias que esté atravesando (angustia, placer, inquietud, etc.), porque ello supone cambios -aunque sean mínimos- en su modo de pulsar.

La pulsación de todo lo vital -desde los astros hasta los virus-  hace pensar que el tiempo no sea el mismo para un planeta, una mariposa, un árbol o un ser humano. El tiempo es, por lo tanto, relativo. 

La teoría de la relatividad de Albert Einstein mostró que el tiempo no es una constante universal, sino una entidad relativa que depende del observador. Según esta teoría, el tiempo puede dilatarse o contraerse en función de la velocidad y la gravedad, lo que significa que dos observadores pueden percibir el paso del tiempo de manera diferente. 

En la actualidad y desde la física cuántica existe una teoría que sostiene que el tiempo es una creación de la mente, coincidiendo con lo que diversas tradiciones filosóficas han mantenido por milenios.

Por su lado, el principio de sincronicidad presentado por Carl Jung en su libro “La sincronicidad como un principio de conexión acausal” expresa que la energía psíquica se comporta como si el espacio y el tiempo no tuvieran sino una validez relativa. De dicho  principio se desprende una concepción unitaria de la naturaleza que termina por suprimir el problema de la brecha existente entre observador-observado.

El desarrollo del concepto de sincronicidad surge a partir de la colaboración entre Carl Gustav Jung y Wolfgang Pauli, un premio Nobel de física y uno de los padres de la mecánica cuántica. Es por tanto un concepto en el que confluyen planteamientos de la física y la psicología. 

Hasta aquí una breve reseña buscando inquietar al lector e instarlo a profundizar sobre el tema.


¿Qué es el tiempo? ¿Cuál es naturaleza? ¿Cómo asirlo?


Misterio y fascinación, ilusión y engaño… la paradoja del tiempo ha sido reflejada en infinidad de  escritos y filmes de ficción seguramente porque su imposibilidad de asirlo lo hace por demás atractivo.

Junto a su enigma transitamos la vida… Y si la vida es sueño, si sólo el nacimiento y la muerte existen como hechos, tal vez el tiempo no sea más que el compañero de un viaje ilusorio del alma.

La intención

He aquí mi secreto, que no puede ser más 
simple: sólo con el corazón se puede 
ver bien; lo esencial es invisible a los ojos 

Antoine de Saint-Exupéry, El principito

La energía precede a la materia; lo imperceptible subyace a lo palpable. Una fuerza invisible traspasa cada acción dándole sentido. Todo lo manifiesto tiene una determinación oculta a revelar: eso es la intención. Antecede al acto determinando su destino, precede a la práctica y acompaña su derrotero, poniéndose al descubierto en el resultado final de lo que hacemos. La intención es el propósito real en nuestro obrar, absoluta, innegable, robusta y firme. Presente siempre, evidente en el efecto de todo cuanto realizamos. 

La intención puede ser clara y precisa u oscura y confusa, sincera o astuta. Percibir estas diferencias es parte de la tarea en nuestro vínculo con los demás y con nosotros mismos. Una misma acción puede tener infinitas motivaciones; saber cuál de esas motivaciones adquiere mayor relevancia, asumiendo de ese modo el rango de intención, es de gran importancia porque el resultado siempre será acorde a la intención. Si invito para mi cumpleaños a determinadas personas, no ocurrirá lo mismo si lo hago con la intención de compartir una fecha significativa para mí o si utilizo el acontecimiento para confirmar el afecto de los que me rodean. No obtendré el mismo resultado si viajo para conocer nuevos lugares o si lo hago para escapar de una situación complicada. Y esto es así porque nuestra intención le da forma y movimiento a cada hecho, su vibración tiene más poder que el acto en sí. 

Este poder formativo de la intención se hace más evidente cuando, a pesar de todo nuestro empeño por lograr algo, ese algo se nos resiste una y otra vez, frustrando cada uno de nuestros intentos. Ese resultado negativo está mostrándonos lo errado, no de la acción en sí, sino de nuestra intención: tal vez no estamos queriéndolo verdaderamente, tal vez después de tantos esfuerzos lo hayamos transformado en un desafío y hayamos desvirtuado el propósito inicial. Puede ocurrir también que detrás de nuestra búsqueda se oculten motivaciones contradictorias. De cualquier manera, sabemos que la “fuerza invisible” que hace posible su realización se halla perturbada. 

Percibir la intención de los demás en relación a nosotros también es esencial, ya que no siempre acompaña fielmente al motivo manifiesto. Una persona conocida puede ofrecerse a llevarme hasta mi casa en su coche por pura amabilidad o aprovechando el viaje para pedirme algo. En ambos casos estaré valorando no tener que caminar, pero su actitud durante ese tiempo no será la misma. Más aún si su intención de pedido no llega a concretarse: en tal caso sentiré una tensión en el vínculo que me hará dar cuenta de algo no dicho. Claro está que no siempre conocemos las intenciones ocultas con tanta claridad. La mayoría de las veces se cuelan razones inconscientes que nos complican los logros. Descubrirlas será parte de la tarea, tanto para lograr la realización de lo que deseamos como para conocernos más profundamente. 

Quizá haya personas a quienes no les importe la verdadera intención que acompaña a una conducta, quizá quien recibe un favor de cualquier tipo se conforme con la utilidad del hecho, pero quien haga esto no debería desconocer los aditivos de tal servicio, ya que la intención de quien se lo esté otorgando será una realidad tan palpable como el beneficio. Los profesionales de la salud verán el resultado de sus tratamientos en relación directa a la intención profunda que los acompaña. De allí que cobre más importancia la intención de ayuda profesional que tal o cual procedimiento en cuestión. La frase “la intención es la técnica” hace alusión a esa fuerza invisible que la intención posee, capaz de sanar más allá de la técnica empleada. 

“Lo esencial es invisible a los ojos” y, aunque en lo cotidiano perdamos la consciencia de ello, la energía seguirá invadiendo los espacios, traspasando los sentidos, impregnando la materia, y la intención seguirá siendo la fuerza inexorable que mueve al universo.

Un pensamiento acerca de la luz y el tiempo

 Como seres materiales vivimos dentro de límites precisos, confinados a la Tierra, encerrados en la cápsula del tiempo.

La luz, con sus trescientos mil kilómetros por segundos, parece ser el margen etéreo hacia otras dimensiones, el pasaje certero al Más Allá. 

En el más acá, el ser debate su existencia dentro de la ley de polaridad, en el más  acá la fragilidad de la materia lidia día a día con la muerte. Y es desde este más acá que interpretamos la vida, que valoramos el espacio y proyectamos viajes interestelares. 

Desde un territorio cercado por barreras invisibles navegamos el infinito sin movernos de la cárcel y recluidos en un rincón del Universo padecemos la poca perspectiva del encierro.


El tránsito entre un lugar y otro parece ocurrir a través del enceguecimiento que esa fuente de luz produce al ser atravesada. Se nace y se muere pasando por ella y muy pocas veces contamos con la gracia de vislumbrar su presencia en el curso de nuestra vida. Cuando esto ocurre, su luz borra -momentáneamente- la sombra humana al iluminar la totalidad del ser. 

Paralelamente, en esos momentos -nacimiento, iluminación y muerte- desaparece el tiempo. Se ingresa a un espacio en el que el tiempo deja de correr, no existe, se diluye en un presente eterno y continuo. La grandiosidad de la luz invade el espacio-tiempo conocido y desdibuja su frontera. 


Como seres materiales vivimos dentro de límites precisos, confinados a la Tierra, encerrados en la cápsula del tiempo. Pero ello sólo ocurre en el espejo, luz adentro.


Origen del Sentimiento de Culpa

 ¿Qué es la culpa? ¿Por qué la sentimos?


Lejos de ser una construcción cultural, como muchos suponen, la culpa es el sentimiento que da cuenta del grado de conciencia que el ser humano posee de su separación de la totalidad, de su existencia polarizada. Tiene su origen en el momento mismo del nacimiento y responde a la sensación de caída producida por el corte del cordón umbilical. Su referente corporal es el diafragma, y su represión supone una disfunción importante en el manejo de la realidad.


La culpa acompaña al individuo desde su nacimiento como consecuencia de la pérdida de la unidad y de su ingreso en la polaridad (en términos físicos, la expulsión del vientre materno y el contacto con la fuerza de gravedad terrestre). Estar en el mundo es tener culpa, entendiéndose por culpa la sensación de falta o error.  Que la realidad sea polar (bueno-malo, lindo-feo, chico-grande, etc.) hace que cada vez que elijamos uno de los polos estemos perdiendo el otro (esto es, estemos errando). La imposibilidad de tomar ambos polos opuestos es parte de las leyes materiales. Siempre debemos optar por uno de ellos: si voy, no me quedo; si ayuno, no como; si me detengo, no avanzo. La pérdida de la unidad cada vez que elegimos una opción es sentida como falta, como culpa.


Esa sensación de error permanente nada tiene que ver con el contenido de lo que hagamos, ya que no hay algo que esté bien y algo que esté mal. Bienmal es, al igual que todas las polaridades existentes, una unidad; y es la ruptura de esa unidad la que promueve la culpa. Es por este motivo que la religión católica habla del “pecado original”, el que bien interpretado haría referencia a la caída en el mundo polar, a la pérdida de la unidad. Claro está que el catolicismo se encargó de utilizar esta realidad física para sus intereses, creando la fantasía de que el “error” está en una mala elección de los contenidos polares. De este modo se intenta borrar la realidad de que, hagamos lo que hagamos, “estamos pecando” (utilizando la terminología de la Iglesia).


¿Entonces, qué es la culpa? 

Es la sensación permanente de estar perdiendo la unidad a cada paso. Es la corroboración de nuestra imperfección, la conciencia de nuestra incompletud en cada acción que llevamos a cabo.

No sentirla es negar que estamos tomando sólo un pedazo de una unidad que se nos escapa en cada movimiento. No sentirla es fantasear con una omnipotencia que no poseemos, creyéndonos capaces de acertar o dar en el blanco. 


En el contexto de la identidad funcional cuerpo-mente (esto significa que lo que se manifiesta en uno también se manifiesta en el otro), el diafragma se ubica como la zona más afectada por la separación de la madre -separación que se encuentra mediada por el corte de cordón umbilical- constituyéndose en el sustento biológico de la culpa. En el momento del nacimiento, el diafragma reacciona frente a la sensación de caída producida por la acción de la fuerza de gravedad sobre nuestro organismo, permitiéndonos así la adaptación a las nuevas condiciones. Esa mínima tensión diafragmática nos posibilitó iniciar el ritmo respiratorio (inspiración-espiración). Por ser una realidad palpable en el cuerpo, no sentir culpa es negar una condición física que se nos impuso desde el nacimiento. La culpa no es sino la corroboración de que somos seres castrados e incompletos, y que deberemos conformarnos con una visión disociada de la unidad. Es decir, lo que originariamente es sólo uno será percibido por nosotros en forma secuenciada en dos momentos diferentes. El tiempo, por tanto, no es otra cosa que la percepción disociada de una unidad a la que no podemos aprehender directamente.


La culpa es la confirmación de esa distancia con la unidad, la conciencia de nuestra percepción limitada y la corroboración de que toda acción estará siempre errada. Sólo quien asume la culpa como parte de su naturaleza puede llegar a superarla. Sólo quien es capaz de aceptar sus límites puede trascenderlos. 


Un tiempo nuevo

 Nos llegó el tiempo de soltar amarras, el tiempo de eliminar apegos.

Desde aquella primera concordancia, desde la sensación profunda de estar simbióticamente unidos, pasando luego por el dolor enorme de la separación, hemos llegado a ser lo que hoy somos: torpes individuos en busca del sentido que nos permita seguir, que nos indique el rumbo, que nos dé una razón para vivir.

Todas las etapas tienen su apogeo, todas llegan a su clímax y desde allí declinan. En nosotros queda el recuerdo ancestral de aquel fantástico tiempo sin tiempo de fusión con todo, de aquel “originario” que nos envolvió en su manto para soltarnos luego. En nosotros permanece como añoranza, como búsqueda sagrada, como anhelo de retorno.

Luego vino el tiempo de cada uno, el tiempo del yo, de la separación cada vez mayor, aquella que nos dio presencia, identidad, conciencia. Y fue su tiempo de esplendor, de plenitud. Y, como todo, pasa...

Y llegó el hoy, este hoy tan conflictivo, el del todo vale, el del sálvense quien pueda. Un hoy plagado de sinsentido, de arrebatos y empujones, en el que el valor de la palabra, del compromiso y de la vida muere sin siquiera avizorar el día.

Todo es progreso, evolución, recorrido. Todo tiene un sentido y un propósito, por lo que más allá de la angustia momentánea está el lugar exacto al cual se arriba. Más allá del camino zigzagueante y doloroso están las razones y las causas, el tiempo circular que nos convoca.

Lo difícil es transitar los oscuros rincones sin olvidar la meta; lo difícil es concentrarse en la intención profunda y sin piedad seguir andando. Y más difícil aún es desprendernos de todo lo inútil que arrastramos: sueños incumplidos, triunfos vencidos, experiencias caducas, recuerdos desgraciados o gloriosos, todo aquello que confundimos con nosotros. Porque cada uno fue mimetizándose con el camino, entremezclándose con el follaje, camuflándose con eficacia, y entonces aquí, ahora, hoy, nadie puede separarse del saco que acarrea. Y es el saco lleno, pesado y viejo el que logra vencernos y caemos.

Es tiempo de pérdidas y no aprendimos a perder, es tiempo de entrega y no queremos soltar. Y es por esta imposibilidad compartida que surge la batalla, la guerra de todos contra todos, la necesidad de encontrar culpables, el desasosiego que nos lleva al suicidio colectivo. Pero la naturaleza no se detiene ante las vicisitudes humanas, no registra el sufrimiento del apego. Ella es viento, tempestad, vorágine; es todo ese movimiento que necesitamos para desprendernos y volar.

Más allá del camino zigzagueante y doloroso están las razones y las causas, el tiempo circular que nos convoca.


Día del Maestro

En homenaje a Alberto Díaz Goldfarb 


Desde pequeño buscó escaleras para ver más allá de su estatura, trepó muros y montañas, caminó solo por el país de los milagros. Cuando grande traspuso, no sin esfuerzos, las puertas del infierno y las barreras de casi todos los espejos.

Había nacido en el momento justo en que la luz y las tinieblas se separan y tal vez por ello pudo encontrar la salida a todos sus desvelos. Era hijo de las sombras pero descendiente del sol y las estrellas. Era parte de la naturaleza sabia de los mayas y de todos los pueblos trascendidos. Por eso logró creer en otros mundos, ingresar a otros misterios, viajar en la bitácora del tiempo.

Era hombre de silencio y aún sin palabras me enseñó a vivir según su ejemplo. Yo lo conocí sin conocerlo y estuve con él aún sin estarlo. Fue parte de mis sueños versátiles y extraños.

En las noches oscuras yo lo espero, como se espera el alba… mansamente. A veces me duermo -sin quererlo- y me olvido de él y sus prodigios. Entonces… llegan vientos de desierto y me secan la cara con viveza y me dejan exhausta de vergüenza. Y me despierto sintiendo el dolor de no tenerlo…

Desde pequeño fue más que su silueta, que su cuerpo, que su carne y que su aspecto. Fue puente con Dios entre los muertos.  

Reflexiones en Pandemia

 De vez en cuando la enfermedad y la muerte —como contracara de la salud y la vida— se manifiestan más abiertamente, se nos imponen, nos someten. Y aunque están allí siempre presentes, todos nuestros sentidos se encargan habitualmente de negarlas, de postergarlas, ocultándolas astutamente. Pero cuando ellas logran robustecerse, crecer, expandirse, nuestro poder de repulsión se desvanece y quedamos indefensos frente a la inexorabilidad de su existencia.

De vez en cuando los seres humanos debemos enfrentarnos a lo ignorado por décadas, a años plagados de inconsciencia, a las sombras generadas por el miedo. Y entonces los fantasmas ocultos en el día nos recuerdan que llegó la noche, la soledad, el desconcierto. Y la supuesta grandeza de los yoes se desvanece, dejándonos expuestos al vacío. 

Lo peor es la falta de experiencia, el poco ejercicio en dominios de gigantes. Lo peor es seguir creyendo que depende de nosotros aquello que es más grande, seguir esperando abarcar lo inabarcable, seguir buscando reducir su poder en lugar de abrazarlo.

La enfermedad y la muerte no siempre fueron enemigas de la salud y la vida. Las transformamos en espectros pretendiendo tomar sólo la mitad de la totalidad que somos. Su ostracismo, fruto de la intolerancia y el olvido, es la herencia que hoy debemos redimir, comprendiendo, abarcando.

La saludenfermedad como la vidamuerte son unidades esenciales. Que nosotros las percibamos  secuenciadas no habla de ellas sino de nuestra imposibilidad de aprehenderlas. Que nosotros juguemos a aniquilarles una parte, a mutilar lo que a nuestro juicio sobra, no habla de autoconocimiento sino de arbitrariedad y atropello. Y en nuestro juego de niños destrozamos la totalidad en insatisfechos juguetes hasta que la madurez del alma despierte y nos libere.

La realidad, así polarizada, nos sigue incitando a aceptar lo que no queremos, a tomar las condiciones vitales como tales, a percibirnos más allá de las circunstancias. Y por tal motivo empuja una y otra vez, mientras nuestra vehemencia responde con mayor resistencia en un círculo inacabable. En esto consiste la vida de los seres mutilados, en esto hemos transformado el camino que debería transformarnos, en esto perdemos nuestro acceso a la conciencia.

De vez en cuando la vida nos invita a abrazarla. 


Mundos Paralelos

Vivimos rodeados de mundos paralelos, y lo que consideramos nuestro mundo no es más que el encuentro de pequeñas partículas de cada uno de esos mundos.


Cada uno de nosotros genera al nacer una realidad única y personal que mantendrá vigente hasta su muerte. El lugar que el nuevo cuerpo ocupa al nacer produce a su alrededor un movimiento espiralado capaz de ir recreando las condiciones energéticas presentes en su origen. 

Cada ser humano es un espacio cerrado que va cerrando a su paso todo lo que percibe. Así, el “afuera” va impregnándose del “adentro” para gestar diariamente, hora a hora, minuto a minuto, su “mundo”.

El desarrollo evolutivo ofrecerá al sujeto nuevos contenidos a ser percibidos e interpretados desde esa frecuencia energética, que se mantendrá inalterada durante toda la vida. De este modo, la interacción con las condiciones externas por parte de ese campo autocontenido será la generadora de la realidad de ese sujeto a cada momento.

Ahora bien, ¿en qué se asemeja esa realidad a la de otro hombre? Lo único similar es el mecanismo, el modo en que el proceso se lleva a cabo. Todos y cada uno de nosotros vamos formateando el espacio exterior a través de un movimiento envolvente, le adherimos nuestra frecuencia, subjetivamos los contenidos, armamos el mundo. 

La similitud de lo percibido por los pequeños seres encerrados en frecuencias únicas la da sólo el pequeño contacto de partículas que escapan de tanto en tanto y se entrelazan con partículas de otras frecuencias. Eso haría que podamos mantener un diálogo capaz de hacernos creer que quien está a nuestro lado percibe lo mismo que nosotros. 

La ilusión de un mundo común no es más que eso: una ilusión. Tal es el descubrimiento, no desde la ciencia objetiva (que desde este punto de vista es también una ilusión), sino desde la corroboración subjetiva compartida por una proporción importante de seres humanos.

Esa corroboración haría resurgir la teoría de “mundos paralelos”, los cuales serían millones y —aunque en apariencias cercanos— estarían a años luz de nuestro mundo individual, aunque de tanto en tanto intercambiemos con ellos pequeñas partículas que nos permiten llegar a conclusiones como éstas.  

Una mirada diferente sobre la ansiedad y el ataque de pánico



La vida y la muerte son las dos caras de la existencia, tan sólo separadas por nuestra percepción en el tiempo. Debido a esta separación temporal, la muerte se percibe como antítesis de la vida, y por ende no nos encontramos con ella hasta el momento en que se nos impone y acaba con nuestro cuerpo. En otras palabras, vida y muerte están coexistiendo permanentemente a nuestro lado; somos nosotros quienes –por una percepción del tiempo secuenciada– las registramos separadas.
Así como vida-muerte, existen otros pares de opuestos, tales como pasado-futuro, consciente-inconsciente, manifiesto-reprimido, distanciados por nuestra percepción temporal. En estos pares de opuestos, uno de los miembros parece estar fuera del alcance perceptivo, fuera de la realidad cotidiana (esto es, muerte, futuro, inconsciente, reprimido).
Actualmente y en forma paulatina, estos extremos van acortando sus distancias, y por tal motivo vamos acercándonos a la posibilidad de hacer visible lo invisible. Los cambios energéticos parecen brindarnos las condiciones para ingresar perceptivamente a la polaridad oculta.

Por otra parte, sabemos que la realidad está ligada inexorablemente a quien percibe: no existe aquello que no es percibido por nadie, y lo existente sólo existe para quien lo percibe. La percepción, a su vez, depende de la sensibilidad de quién percibe. Los animales, por ejemplo, responden con conductas de alerta frente a la inminencia de fenómenos naturales que los humanos no registramos (por ej. la proximidad de una catástrofe). Una madre puede percibir el peligro para su cría antes que el resto de sus congéneres, para quienes su inquietud parece injustificada. La mayoría de los niños percibe las intenciones de los adultos mucho antes de que sean puestas en palabras o hechos, pudiendo reconocer la mentira.
La Real Academia Española define la realidad como la existencia real y efectiva de algo. La realidad es lo real, es todo lo que posea cualidades y características que lo hagan existir. "Esto es real" equivale a señalar que algo está ahí. ¿Pero qué significa estar ahí? Si estar ahí significa ser percibido por alguien, la pregunta que surge es: ¿sólo será real lo que entre en el espectro de lo percibido por la mayoría?

Una de las particularidades del ataque de pánico y la ansiedad generalizada es que sus reacciones psicofísicas son consideradas “normales” en caso de que exista un peligro real. Esto es, el aumento de la frecuencia cardíaca, la palidez, la sudoración, el temblor o estremecimiento, al igual que la tensión muscular o la hiperactividad, constituyen una respuesta adaptativa ante un peligro real. El organismo se prepara para la acción: huida o ataque. Pero ¿cómo sabemos que quien sufre una crisis de ansiedad no está frente a un peligro real? Si precisamente otra característica de las personas que acusan estos síntomas es el hecho de sentir un miedo intenso a morir o a perder el control de sus vidas, podríamos sospechar que quienes se encuentran agobiados por este temor "irracional" perciben algo distinto al resto de quienes están a su lado; ¿y por qué no incluir la posibilidad de que estén percibiendo el polo oculto de la polaridad vida-muerte? Si sus reacciones psico-corporales serían normales frente a un peligro real y manifiestan temor a morir, ¿por qué no considerar que estén percibiendo la muerte?
¿A qué llamamos peligro real?  ¿No es la muerte un peligro real para el cuerpo? Si en estado de ansiedad nuestro organismo dispara un sinfín de reacciones defensivas en forma desenfrenada, ¿no es más lógico pensar que algo hasta entonces imperceptible se nos está manifestando, antes que atribuir tremenda sintomatología a un desperfecto del sistema nervioso?
Desde nuestra comprensión biofuncional, sostenemos que estaríamos siendo impelidos a desplazar la percepción para encontrarnos con gran parte de los contenidos inconscientes, con los aspectos negados más profundos, con nuestra "sombra" en términos junguianos; es por esto que la percepción de nuestra muerte sería posible.
Que la ansiedad exacerbada sea causada por vivencias extremas, pérdidas importantes o estados de estrés, no invalida la hipótesis. Si el sistema defensivo es exigido, puede colapsar, creando así las condiciones para un desplazamiento perceptivo capaz de enfrentar al sujeto con sus aspectos más profundos e inconscientes; tal es el caso de la muerte como polo oculto.
Concluyendo, consideramos la posibilidad de que, frente a los cambios ambientales, la percepción se esté ampliando de tal forma que accedan a la conciencia los aspectos reprimidos. Esta realidad, más visible para algunos, va generando una nueva conciencia de existencia, va permitiendo el ingreso paulatino a un mundo diferente, más amplio –menos polarizado–, más incluyente –menos discriminado–. Está en nosotros ir aceptándola como un nuevo contexto desde donde leer y comprender lo que, como especie, nos sucede.